lunes, 1 de mayo de 2017

(España) La peculiar relación de Rafa Nadal con Barcelona, su universidad tenística

La expresión 'sentirse como en casa' no es del todo correcta cuando se usa sobre la relación entre Nadal y el torneo de tenis de Barcelona. No es que se sienta como, es que realmente está en casa. En ese club tomó cuerpo su juego, supo que podría ser profesional, conoció a decenas de personas que le ayudaron a ser el hombre y el tenista que es hoy. Allí se cruzó por primera vez con algunos de los jugadores que le iban a enseñar el camino, gente como Albert Costa o Alex Corretja, que le pasarían el testigo del juego en España. Él, hoy se sabe, iba a correr mucho más que cualquier otro de sus predecesores. Barcelona no es donde empezó todo, porque ahí están Manacor y un tío que le enseñó los rudimentos, pero de algún modo fue la universidad del tenis de la leyenda.

Nadal se encuentra de pie en el podio después de haber arrasado a Dominic Thiem por 6-4 y 6-1. Ha conseguido su décimo título en el Conde de Godó. La organización, volcada siempre con él, ha preparado una celebración un tanto especial. Un 10 enorme flanquea la escena. Junto a él está Albert Costa, director del torneo y buen amigo desde hace años. Fue su capitán de Copa Davis, pero es más que eso, es de esa gente con la que tiene confianza para hablar y que le entienda, lo cual no es sencillo cuando estás en la cúspide. También está Javier Godó, que durante años ha sido una presencia estable en ese mismo escenario. El nombre del torneo es el del condado. Y un representante de Banco Sabadell, el banco que patrocina el evento y, también, a Rafa Nadal. Es, más que nunca, una escena familiar.

"Para mí tiene un sentido especial ganar en el lugar donde realmente he sido socio desde hace muchísimos años, ya no me acuerdo desde cuándo, pero la primera vez que estuve aquí me acogisteis todos de la mejor manera posible, es el club que me ha visto crecer, no tengo palabras para decir lo que significa", cuenta Nadal en cuanto agarra el micrófono. Lo dice de corazón, porque es verdad, el agradecimiento es sincero y profundo. La manera que tiene que vivir este torneo es diferente a cualquier otro, porque aquí no es un jugador más que va a su labor, es un hombre en su terreno.

El Real Club de Tenis de Barcelona es una de las instituciones más señeras de la ciudad. Es un lugar donde se reúne buena parte de la burguesía catalana y en el que la tradición se respira en todas sus estancias. Las maderas, las grandes lámparas, las pistas de tierra batida siempre perfectamente cuidadas. Un lugar donde hay que saber estar y en el que la realidad se parece más bien poco a lo que se ve en la calle. Antes el tenis era siempre así, pero ya no lo es.
El Godó es un vestigio del pasado, un torneo de club en un mundo en el que las empresas se han hecho con el control del circuito. Madrid, por ejemplo, no tiene nada que ver con lo que se vive en Barcelona. Es una contingencia, un torneo que solo tiene sentido durante una semana. El Godó no es eso, es un evento más de la vida del club, que se espera con ansias pero está encuadrado en una realidad más amplia, el día a día de un lugar que tiene identidad propia y que la tendría igualmente si no hubiese una semana al año con enormes tenistas jugando en las pistas.

"Lo único que puedo decir es gracias, a la organización y a la gente que hace posible que este torneo sea una referencia en el mundo entero. Es gracias a este club, que es uno de los pocos lugares en el mundo donde se respira tenis de verdad", concede Rafa en sus agradecimientos. Esa última frase es un motivo de orgullo para el club, casi para la ciudad. Está muy extendida la sensación de que el tenis no es algo postizo sino nuclear y que eso no pasa en todos los lugares. Es un hecho diferencial, algo que hace del torneo, del club y casi de Barcelona unas 'rara avis' dentro del deporte.

Eso se nota en la grada, otro motivo de jactancia. El público entendido, el que no necesita de la bulla o el jolgorio y que va a la pista movido por el deporte y la tradición mucho más que por el evento social, algo que se le echa en cara con frecuencia al torneo de Madrid, situado en el calendario solo una semana más tarde. No se puede engañar nadie, deportivamente es un torneo más modesto que el de la capital, su poderío económico es menor y el cuadro del torneo no presenta la competencia que tiene un Master 1.000, donde los mejores jugadores del mundo están obligados a acudir.

A falta de esa obligación, la organización consigue anualmente tener muy buenos cuadros, incluso mejores que los de otros muchos torneos del mismo rango en la ATP. En eso tiene mucho que ver Rafa Nadal, porque ahí el agradecimiento es mutuo. Cuando se está preparando el torneo y empiezan las llamadas a agentes para negociar la presencia de los grandes jugadores, saben que tienen un sí casi asegurado, y no es un sí cualquiera, es el de una leyenda. Muy mal tienen que ir las cosas para que Nadal no acuda al torneo de su casa, por el recuerdo de lo vivido y, también, porque sabe que es un lugar en el que sus posibilidades de éxito son máximas. Una decena de títulos después, no se puede negar la evidencia.

En muchas ocasiones, el jugador podía haberse saltado el Godó, incluso podría haber sido considerada esta como una decisión inteligente. La temporada de la tierra batida es corta en tiempo y rica en grandes torneos, pues en dos meses sitúa en el calendario tres Masters 1.000 (Montecarlo, Madrid y Roma) y un Grand Slam. Una carga brutal de trabajo, más aún para Nadal, que no acostumbra a perder en las primeras rondas de un torneo y es casi un seguro de supervivencia cuando de tierra batida se trata.

Habitual a pesar de todo

Nadal, que ha sufrido mucho con el físico, podría haber descargado su calendario evitando la parada más débil, que es la de Barcelona, pues no deja de ser un torneo menor en comparación con los demás. Pero no lo hace, porque una semana en la ciudad condal tiene tanto de trabajo como de agradecimiento. Parte de su vida está en esta orilla del Mediterráneo, allí va para ver a su médico, el doctor Cotorro, y para grabar anuncios. También, de vez en cuando, con el simple fin de entrenarse en las pistas del Real Club de Tenis de Barcelona.

En el torneo, orgullosos, le tratan con esmero, buscándole los mejores horarios posibles y con gestos como ese enorme 10 o el hecho de haber llamado a la pista central con su nombre, una decisión que muestra cariño aunque casi caía de madura: ¿qué mejor manera tiene el torneo de recordar sus hazañas?

Su relación con el club de su vida le llevó, incluso, a jugar el campeonato de España por equipos el pasado año. Llegaba tras una lesión y necesitaba jugar algún partido, así que sorprendió con la decisión de apuntarse a un torneo al que los grandes jugadores no suelen acudir. Solo para jugar dobles, con su amigo Marc López, representando al RCTB. Una anécdota significativa.

La próxima semana empezará el Madrid Open, un torneo que también es especial para Nadal, pero con unos matices muy diferentes. Lo es porque en la capital es un ídolo absoluto, probablemente el torneo del año en el que más respaldado se siente. La grada del Godó es más académica, señorial, un poco estirada. En Madrid la cosa cambia, no hay ni un solo remilgo para corearle, y eso el tenista, por falta de costumbre, también lo agradece.

Además, Madrid se le da peor. En su pasado hay episodios de puro escepticismo con el torneo, aunque en ediciones recientes se le ha notado con más ganas de congraciarse con un evento que, al fin y al cabo, sigue siendo el de más importancia del país. Le cuesta más por la altura de la ciudad, que influye en la velocidad de la bola, porque es un torneo bastante más complejo y, también, porque el ritmo que se tiene que imponer en la capital es casi infernal. El tenis y los entrenamientos de Nadal durante esa semana pierden algo de rutina, en Madrid están sus grandes patrocinadores, tiene siempre las ruedas de prensa más multitudinarias y menos tranquilidad de la que se encuentra en otros lugares del mundo.

Eso, en todo caso, llegará la próxima semana, después de unos días de descanso de tenis. Por el momento todo son vino (o cava, en este caso) y rosas. Diez veces campeón en casa, en la pista que lleva su nombre, rodeado de amigos y seguidores. Barcelona, misión cumplida. La temporada sigue por los carriles del éxito.

FUENTE: Gonzalo Cabeza - http://www.elconfidencial.com