lunes, 31 de julio de 2017

(EE.UU.) Cesan a Anthony Scaramucci: demasiado caos hasta para Trump

Apenas ha durado diez días en el cargo. Demasiado bueno para ser cierto, pensaban los tabloides: otra mina de oro. Otra fuente de escándalo, titulares, carne roja y nutritiva y sangrienta. El nuevo director de comunicación de la Casa Blanca, Anthony Scaramucci, entró en Washington como Russell Crowe en el Coliseo. Es igual que su hasta ahora jefe, Donald Trump: un chico de las afueras que habla como si rompiese las costillas de una ternera fría colgada por los pies.

Una entrevista, con Ryan Lizza, en The New Yorker, por teléfono: “Reince es un puto paranoico esquizofrénico, un paranoico”, declaró Scaramucci sobre Reince Priebus, por entonces jefe de gabinete de Trump, sospechoso, según el entorno presidencial, de filtrar información de sus adversarios. O esto, sobre el consejero de estrategia, Steve Bannon: “Yo no soy Steve Bannon. No estoy intentando chupar mi propia polla”. O una larga lista de amenazas y comentarios soeces muchas veces intraducibles.

Scaramucci prometió, en resumen, “matar a todos los putos filtradores” del Gobierno. Menos de 24 horas después de esta llamada telefónica, que hizo el propio Scaramucci para pedir al periodista que revelase una fuente, Reince Priebus era cesado. Priebus es ahora el jefe de gabinete más breve de la historia, y su marcha, dada su cercanía al aparato del Partido Republicano, dinamita un puente entre la Casa Blanca y el Congreso.

Pero ese despido ha generado una reacción en cadena que ahora se ha cobrado la cabeza de Scaramucci, víctima de las crecientes luchas internas en la Casa Blanca. El nuevo jefe de gabinete, el prestigioso general John Kelly, la ha exigido como condición para aceptar el cargo. Y Trump ha accedido.

La llegada de Scaramucci, que volvió a permitir a las cámaras grabar las ruedas de prensa, ya había generado dimisiones: la del portavoz de la Casa Blanca (y director de comunicación provisional para cubrir otra dimisión), Sean Spicer, que ya no tendrá que titubear, como si su alma fuera desgarrada tira a tira, frente los periodistas.

Hijo de un inmigrante italiano y obrero de la construcción, Anthony Scaramucci nació en Long Island, estado de Nueva York, hace 53 años. Se licenció en Economía por la Universidad Tufts y obtuvo un grado de derecho en Harvard, donde solía coincidir en la cancha de baloncesto con un compañero de clase, Barack Obama.

Scaramucci ha sacado a relucir sus galones varias veces en los últimos días. “Sabes, estudié derecho constitucional con Larry Tribe”, dijo en CNN, referenciando a un conocido profesor y crítico de Donald Trump. Tribe respondió: “El temario de aquel año aparentemente no cubría los asuntos asociados con abusar del perdón presidencial para obstruir la justicia. O eso, o el Sr. Scaramucci ha olvidado parte de lo que aprendió”. Scaramucci había defendido la opción presidencial de perdonar por el caso Rusia-gate.

"Veleta y oportunista"

Nada más licenciarse, Scaramucci aterrizó en Wall Street: en Goldman Sachs, como tantos otros miembros de la Administración Trump, y luego se fue a crecer por su cuenta en fondos de inversión: Oscar Capital, que en 2003 fue vendido a Lehman Brothers, y hasta 2017 en SkyBridge Capital, que le sirvió de catapulta al mundo las conferencias, la televisión y los libros. El financiero ha publicado tres volúmenes, uno de ellos titulado 'Adiós, Gordon Gekko: Cómo hacerte rico sin perder tu alma'.

Igual que el propio Trump, políticamente ha sido una veleta. En 2008 recaudó dinero para el candidato Barack Obama, pero en 2010, durante un debate abierto al público, Scaramucci (después de recordarle su pasado común en Harvard) espetó al presidente demócrata que sus amigos de Wall Street se sentían como una “piñata” en manos del Gobierno, por las nuevas regulaciones financieras. Aquello fue el final de sus inclinaciones demócratas y desde entonces dona al Partido Republicano.

Tampoco se subió rápidamente al barco de Donald Trump. Primero apoyó al precandidato republicano Scott Walker, gobernador de Wisconsin, y luego a Jeb Bush, y dejó que sus puños verbales volasen en televisión contra el magnate neoyorquino. Cuando Trump se consolidó, Scaramucci se unió a sus huestes, a su equipo de transición, y la garra de “matador” que Trump vio en él le granjeó un par de puestos en el Gobierno. Ahora, en comunicación.

Su apodo, “The Mooch”, viene de “Scara-Mooch-i”, y significa gorrón, buscador, oportunista. Los mismos adjetivos que le llueven cada vez que se asoma a Twitter, y otros: “Chico de la mafia”, un insulto racista contra los italoamericanos, o “B and T”, acrónimo de “puente y túnel”: la manera despectiva que tienen los neoyorquinos de referirse a la gente de la periferia, de Nueva Jersey o Long Island o la parte lejana de Queens. Aquellos que, para llegar a Manhattan, tienen que cruzar puentes y túneles.

“The Mooch ha hecho poco por calmar las turbulentas aguas del Ala Oeste. Si acaso, el caos que ha definido los primeros seis meses del presidente Donald Trump en el Despacho Oval sólo está aumentando con Scaramucci en la escena”, escribe Gregory Krieg en CNN, como si fuera un marciano recién llegado y no tuviese ni idea de quién es Donald Trump ni de cuál es su estilo. Como si Trump buscara una gestión apagada y tranquila.

Ya lo dijo Gwenda Blair, biógrafa del presidente, a este diario: “Crear conflicto es su forma de hacer las cosas”. Cuando se perfila sinuosamente un grupo de poder, cuando un ministro se acomoda en su sofá y deja de reverenciar el paso del jefe, Trump cuela una serpiente en el campamento. Echa unos polvitos en la bebida para que su gabinete se caiga de la silla y todo tiemble, menos él. El presidente. El caos no es transitorio, el caos es Donald Trump. Y Anthony Scaramucci es la última víctima.

FUENTE: Argemino Barro - https://www.elconfidencial.com