martes, 15 de agosto de 2017

El cálculo del meridiano: la guerra secreta que cambió la historia de la humanidad

Si uno repasa los mapas del siglo XVI, comprobará que existen varias tierras en ciertas partes del planeta que aparecen y desaparecen según la información presente en cada planisferio.
Tras el descubrimiento de América en 1492, las potencias europeas se lanzaron con ímpetu a explorar los numerosos lugares que todavía quedaban por descubrir. Los movimientos fueron rápidos, tal y como demuestra el ‘Theatrum Orbis Terrarum’ dibujado por Ortelius, que evidencia que en una fecha tan temprana como 1570 se habían establecido ya unos bordes muy definidos por lo que se refiere a Europa, África, Asia y América.

El observador minucioso se dará cuenta de que en dicho documento no hay apenas información por lo que se refiere a Oceanía y el Pacífico Sur. No obstante, en esta zona del globo, las exploraciones que se habían llevado a cabo no habían sido escasas.
Las islas que no se podían encontrar
Como recuerda Umberto Eco en 'Historia de las tierras y los lugares legendarios', serán concretamente los españoles los primeros europeos que efectuarán estas expediciones. Empujado por los vientos que soplan desde las costas de América, Álvaro de Saavedra desembarcará en Nueva Guinea en 1529. Ruy López de Villalobos hará lo propio en las Islas Carolinas y en las Islas Filipinas en 1542 y en 1563 respectivamente. Partiendo de Perú, Juan Fernández alcanzará las costas del archipiélago que lleva su nombre y que hoy pertenece a Chile.

De todas estas incursiones, destaca la dirigida por Álvaro de Mendaña y Neira, que llegó a un territorio al que dio el nombre de Islas Salomón. El navegante pensaba que había descubierto las tierras bíblicas relacionadas con el mito de la región de Ofir, de donde el hijo del rey David recibía cada tres años un cargamento de plata, sándalo, piedras preciosas, monos, pavos reales y, sobre todo, oro con el que habría construido las columnas del legendario templo.
Mientras la latitud se podía calcular por la posición del sol y las estrellas, no existía ninguna tecnología que permitiera hallar la longitud
Tras retornar a España, el navegante acaba convenciendo a Felipe II para que en 1595 le permita efectuar un nuevo viaje. La Grande y Felicísima Armada había sido destruida por los ingleses hacía apenas siete años. Holandeses y franceses empezaron a penetrar en el Pacífico. La situación política era muy tensa y varias potencias lidiaban por convertirse en el principal árbitro internacional. Era casi obligatorio para la corona hacerse (si lo relatado por Mendaña era cierto) con los recursos naturales del archipiélago. Sin embargo, a pesar de descubrir otros territorios, como las Marquesas, Mendaña será incapaz de volver a hallar una mínima pista que le permita conducir de nuevo sus barcos a sus ansiadas Islas Salomón. ¿Cómo podía haber ocurrido esto?
Determinar la longitud
La respuesta es tan simple como que navegar en aquellas vastas zonas marinas resultaba tremendamente complicado. El motivo se debe a que los navegantes carecían en el siglo XVI de los medios para establecer las coordenadas precisas con las que saber en qué parte del globo terráqueo se encontraban realmente. Mientras delimitar la latitud era posible gracias a la posición del sol y las estrellas, junto con la utilización de instrumentos como el astrolabio, no existía ninguna tecnología que facilitara encontrar la longitud y, por tanto, los meridianos terrestres.

Esta dificultad geográfica recibe el nombre de problema del ‘punto fijo’ a raíz del diálogo cervantino ‘El coloquio de los perros’, donde el Can Berganza habla de uno de sus dueños, un matemático que, como muchos otros de su época, estaba obsesionado con el enigma: “Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto fijo, y aquí lo dejo, y allí lo tomo, y pareciéndome que ya lo he hallado y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando no me cato, me hallo tan lejos del, que me admiro”.
La única manera de conocer el meridiano sería sabiendo la hora precisa en el mismo instante en dos lugares distanciados del planeta; por ejemplo, en el sitio donde se encuentra el barco y en el puerto de partida, teniendo en cuenta que cada hora corresponde a 15 grados de longitud en la superficie de la Tierra (la separación entre cada meridiano).
El espionaje estaba a la orden del día y la lucha por el descubrimiento fue comparable a la carrera espacial en el siglo XX
El lector más agudo probablemente haya pensado ya una fácil solución: ¿por qué no se llevaba en las naves un reloj en el que se reflejara la hora del puerto de salida, al tiempo que se hallaba este dato en el punto correspondiente con los métodos de medición de la época? Este procedimiento se intentó llevar a cabo, pero la poca precisión de los relojes, unida a la inestabilidad y el balanceo de los barcos, ocasionaba que el cálculo resultara imposible. De hecho, la solución definitiva no se encontró hasta bien entrado el siglo XVIII.
El método del 'polvo simpático'
En su novela ‘La isla del día de antes’, Eco narra cómo surgió toda una disputa a escala mundial para lograr un método que finalmente lograra calcular la longitud. La nación que lo obtuviera tendría una ventaja inmensa sobre sus competidores, pudiéndose convertir, automáticamente, en la primera potencia marina. España, Francia, Inglaterra, Holanda y Portugal andaban a la búsqueda. El espionaje en los barcos estaba a la orden del día y la lucha por el descubrimiento fue comparable a la carrera espacial que se vivió entre países hegemónicos durante el siglo XX.
El problema no se resolvió hasta que se diseñó el cronómetro marino: un instrumento pensado para contrarrestar la oscilación de los buques
Se emplearon para ello métodos fantásticos e inimaginables basados en mareas, eclipses lunares, variaciones de las agujas imantadas o hasta la observación de los satélites de Júpiter. De todos, el más espantoso fue, sin duda, el que se fundamentaba en el así llamado 'polvo simpático'.
La premisa era la siguiente: cuando alguien recibía un daño causado por un arma, para curarlo más rápidamente había que verter este polvo mágico sobre el filo donde debía permanecer todavía la sangre de la víctima. El tratamiento se podía efectuar aunque existiera una larguísima distancia física entre el corte y la espada.

Según el panfleto anónimo ‘Curious Enquiries’, de 1687, el problema del ‘punto fijo’ se podría resolver gracias al 'polvo simpático' de la siguiente manera: bastaría poner un perro en un barco al que se le habría realizado previamente un larguísimo corte, manteniendo la herida siempre abierta. Cada día, a una hora acordada, alguien tendría que verter el polvo, desde el lugar de partida, sobre el arma que hubiera causado la herida. El perro sentiría inmediatamente el efecto y aullaría de dolor. De este modo, quienes estaban en la nave podían saber que en ese instante particular era la hora pactada en el puerto de partida. Calculando la hora local sería posible, por tanto, tener los dos datos y establecer la longitud final.
Todas estas soluciones poco científicas se mostraron inútiles hasta que John Harrison diseñó el cronómetro marino: un instrumento mecánicamente pensado para contrarrestar los cabeceos y la oscilación de los buques. Serían, por tanto, los ingleses quienes acabarían ganando esta batalla tecnológica. En 1772, el capitán James Cook descubre Nueva Caledonia y las Islas Sandwich, divisa la Antártida y desembarca en Tonga y en la Isla de Pascua. Gracias al cronómetro marino, fija así por primera vez las coordenadas precisas de todas estas partes del mundo. (PULSE AQUÍ PARA VER MÁS)

FUENTE: Con información de GONZALO DE DIEGO RAMOS - https://www.elconfidencial.com