lunes, 4 de septiembre de 2017

(Panamá) Impunes (+Opinión)

Por: Manuel Orestes Nieto - Ricardo Martinelli es -desde el 31 de agosto- un extraditable. Su prepotencia y actitudes soberbias, aquellas ínfulas de grandeza que tanto le gustaba mostrar de nada sirvieron. Ahora arrastra una lamentable condición de cobarde. La noticia desde Miami, esperada, no implica que será un viaje express del prófugo a Panamá; tendremos que aceptar que antes de verlo bajar de un avión engrillado pasará un tiempo más prolongado y habrá complejidades que quizás enturbien las sentencias que merece en Panamá. Todo lo que se llevó, las mordidas al erario, deberían sumar varias veces más de veinte años. Ser extraditable y estar preso en un país extranjero tiene que ser para él una pesadilla y marca los trazos de su corrupta conducta.
Precisemos -en esta realidad que él mismo construyó- que la posibilidad de que Ricardo Martinelli haya trastornado el poder sin robar es cero. Su obsesión por hacer dinero lo llevó por los escabrosos senderos del coimeo, los sobreprecios astronómicos y ser el artífice frenético de una máquina mafiosa para drenar millones de balboas de fondos públicos. Su perfidia para deshilachar la Constitución, las leyes nacionales, transgredir los poderes, fomentar todas las formas posibles del clientelismo, confabulado con subalternos, amigos, familiares y socios, fue un desquiciamiento para sacar del estado plata evaporada. Hay demasiadas llagas producto de esta corrupción siniestra.

¿Cuán grande fue este latrocinio que aún no se ha podido precisar? ¿Fueron cientos o varios miles de millones? ¿Cuántas fueron con exactitud las sustracciones, escondrijos, lavados, sociedades anónimas, instituciones y empresas involucradas? ¿Cuántas licitaciones directas tuvieron de antemano nombre propio? ¿Cuántas adendas fueron acordadas antes de la ejecución de la obra? ¿Qué pasó con las obras inconclusas o inexistentes?

Pasan los años y no está nada claro cómo podrá ser la sanidad nacional y adecentar Panamá. En juzgados y cortes, decenas de casos están atascados en una maraña, en los limbos procesales, sin juicios ni sentencias.

La Procuradora de la Nación comunicó el pasado 29 de agosto que hay presiones inauditas de poderes económicos, políticos, empresariales, mediáticos y de la banca tratando de que las investigaciones puedan ser concluidas y que hay amenazas a los fiscales. Nada de esto puede ocurrir sin la intervención de personas concretas, con intereses, que mueven los hilos, acortan las bridas o ponen tapones para que no asome la verdad. No dice quiénes son, debió y debería hacerlo; sabe quiénes hoy -no ayer- quieren poner la tapadera para evitar el derrame de delitos. Es obvio que emergen con sus declaraciones que existe complicidad directa e intereses conjugados en los malabares del dinero sucio. Anunció que estaban por caerse casos y en menos de veinticuatro horas la Corte da un fallo en el cual Finmeccanica es caso cerrado. Asombrosamente se volatiliza todo alrededor de los radares, Lavitola, Martinelli incluso, aún cuando hay detenidos en Italia, evidencias inexpugnables traídas a Panamá que confirman una salvajada disfrazada de inversiones tecnológicas para perseguir el narcotráfico. ¿A quién o a quiénes beneficia sellar este asunto? Todo indica que seguirá la misma ruta New Business, los riegos de Tonosí, Financial Pacific y veremos si una a una sofocan otras investigaciones más; las deshojarán con truculencias y quemarán los expedientes. El contrasentido es que todos sabemos que hubo un robo monumental y el ardid es hacer desaparecer piezas gruesas, como algo que nunca existió. Estamos ante una grieta en el muro que evita cruzar a la verdad y que si se ensancha revienta.

Si bien el caso Odebrecht -con todos sus vericuetos e impresionantes sacudidas, que estrujó la decencia y volatilizó la plata en múltiples países en el mundo- es un caso colosal que en Panamá está frenado y huele a complicidades, no es el único de esta múltiple trama corrupta. ¿Qué rayos pasa con los demás casos que también agujerearon el erario público y dónde están sus protagonistas? ¿Qué arrojan las auditorias? ¿Hay un Órgano Judicial rajado hasta sus cimientos? ¿Qué, cómo, quiénes, bajo qué inmoralidad actúan, esconden, presionan pero no se sabe quiénes son? Ministros todopoderosos, partidas circuitales sin discreción, presupuestos torcidos, ventas de activos calculadas, incubadoras de negocios sórdidos, también son parte de este hoyo monumental. Los poderes del estado no fueron precisamente monasterios tibetanos; más bien promiscuos y parece que no se disparan balas ni salvas entre sí y que hay mecanismos eficientes para no ventilar chanchullos.

La palabra horrible es impunidad. Impunidad consumada por esos intereses poderosísimos. Impunidad que de enquistarse hará añicos una institucionalidad que está hace rato desollada. La paradoja de la justicia no es sobre la confianza que debemos tenerle sino la desconfianza que ya demasiados panameños le tienen.

¿Seremos el país que toleró el robo más descarado de su existencia y no le importó la viveza de los impunes? ¿De verdad de verdad quieren inducirnos al pase de página total de esta corrupción? ¿De verdad quieren persuadirnos que nada pasó aquí? ¿Que el 2019 será de elecciones libres, tan puras como agua bendita contra los demonios, que un milagro estremecedor de decencia será la panacea que resolverá este horror y el desbarajuste que parece ya parte de la médula fracturada del país? ¿Que en medio de este deterioro pasmoso se puede extirpar el tumor de aquellos que cultivan dinero y poder para el atraco público? Estamos ante una manipulación de la democracia, a la que ya le fallan casi todos los tornillos del engranaje.

Panamá -inmersa en un abandono insensible y creciente de su población más humilde, sin agua, con basura incontrolable, medicamentos robados de la CSS, inseguridad, insolubilidad en el transporte, pobres más pobres, atrapadas las capas medias y asiladas comunidades enteras, con decenas de miles dejados atrás, bien atrás- es hoy un país maltratado.

Se trata de imponer la especie de que somos una nación incompleta, débil, indiferente, como si los ciudadanos fuesen incapaces de pensar, sentir y tener ideas del mundo que viven o de los infiernos que se les imponen. Que nos gusta aguantárnosla, no reaccionar, besarle los pies a quienes nos azotan, mendigar bolsas de comida, jamones, suéteres y gorritas, arrodillarnos ante todo lo que sean millones, porque salpican y son los que tienen y quieren más y más, los muy golosos. Aquí pasa mucho y demasiado. La justicia no opera y, en la misma realidad y el mismo país, crece entre nosotros una inhumana inequidad y muy insensible, por cierto. Parece que nos hemos retorcido. Habrá que ver la desembocadura de estos tiempos; si es ya tarde y nos desvertebraremos en la noche amarga de las infamias, como caníbales, sin que nadie crea ya en nadie o si remontamos esta tragedia. Si esto se emponzoñará o nos sacaremos la infección del cuerpo. Si seremos un país erguido o un país postrado, suicida.

FUENTE: Artículo de Opinión - Manuel Orestes Nieto - http://portadapanama.com - (PULSE AQUÍ)