jueves, 5 de octubre de 2017

(Colombia) Las Mercedes, un pueblo en medio del fuego cruzado

"Bienvenidos a Las Mercedes, territorio de paz" reza el cartel que recibe a los visitantes de este pueblo colombiano, apenas un espejismo, una ilusión para sus 7.000 habitantes que llevan décadas en medio del conflicto armado y que siguen atrapados en un oasis de violencia.

Tanto es así, que apenas unos pasos más allá, los grupos armados dan su propia bienvenida: "EPL, 49 años de lucha" puede leerse en una pintada del Ejército Popular de Liberación, una guerrilla que mantiene esa estructura para controlar el territorio y los caminos pero que está dedicada al narcotráfico en la región del Catatumbo.

No es la única, ya en el camino que lleva a Las Mercedes, una vereda de complejo tránsito en la que hacen falta cerca de cuatro horas para recorrer menos de 40 kilómetros, pueden verse avisos de quienes se enseñorean en el territorio.

Abundan las del Ejército de Liberación Nacional (ELN), la última guerrilla en armas de Colombia, y las de las FARC, ahora convertida en movimiento político.

"Esta es una zona muy rica en cuanto a lo hídrico, la fauna, la flora, todo eso hizo que se hiciera este bello corregimiento", explica a Efe Jesús Emilio Uribe, presidente de la Junta de Acción Comunal (JAC).

Esa riqueza convirtió la zona en un gancho para mucha gente y algunos incluso recuerdan como en los años 40 llegaron a Las Mercedes tras escuchar por radio mensajes de los terratenientes que buscaban jornaleros, manos que trabajar en un campo fértil que produce plátano, café, maíz y pasto.

Todo se truncó en los años 90, cuando el ELN tomó el pueblo y se quedaron sin la veintena de policías que lo resguardaban. Hasta 2006 no volvieron a establecerse fuerzas del orden.

"Aquí la fuerza pública ha sido muy flotante, uno no sabe a dónde se dirigen pero nunca ha habido permanencia de ellos. Es una zona donde están al frente los grupos armados al margen de la ley: FARC, ELN y EPL. Ellos daban sus condiciones y su horario", detalla Uribe.

La geografía les ayuda en esta compleja selva que forma la región del Catatumbo donde las montañas rodean los pueblos como Las Mercedes y facilitan la huida a las guerrillas o paramilitares que han controlado el territorio.

Tanto es así, que vivir en la plaza mayor del pueblo, lo que en cualquier otro lugar de mundo es un honor, en Las Mercedes se ha convertido en un horror.

Los constantes ataques contra los improvisados cuarteles policiales han devastado las casas más céntricas y, sus últimos habitantes, deben abandonar sus hogares de noche por miedo a un cilindro bomba o una bala perdida.

"Cuando uno escucha (el ataque), uno mira al cielo a ver si viene cilindro o balón bomba porque desafortunadamente eso nos ha hecho muchísimo daño", señala el presidente de la JAC acerca de su vida cotidiana.

Uno de los afectados fue Campo Elías Vega, un campesino que aprovechó una época en la que la violencia se redujo para comprar una casa en una de las esquinas de la plaza.

De ella hoy sólo quedan unas hojalatas que marcan la entrada porque el resto fue reducido a cenizas cuando cayó un explosivo del que todavía queda el hueco en el suelo.

"Mi Dios hace milagros, por eso nos salvamos", dice Vega mientras señala el huerto en que ha convertido lo que antes era un hogar.

Alrededor de la antigua casa y hoy huerto proliferan trincheras policiales y búnkers tras los que se parapetan la treintena de agentes que intentan mantener la presencia estatal en Las Mercedes.

Ellos llevan hoy la peor parte, salir de sus trincheras es imposible porque en las montañas que rodean el pueblo hay apostados francotiradores de escalofriante precisión.

Si salen, lo hacen extremando las medidas: llevan chalecos antibalas, cascos, armamento pesado y se esconden en las esquinas para evitar un tiro. Atrás siempre va un último policía haciendo retaguardia y moviéndose en "s" para que no le alcancen los disparos.

Ese es el momento de mayor tensión. Con los policías fuera de su trinchera todo alrededor es un blanco y el pueblo se paraliza, hasta los niños saben que no deben pasar cerca.

Ni siquiera los médicos están fuera de peligro. "Ellos (miembros del EPL) se presentaron acá en mayo y nos tocó caminar bajo amenazas. Dije que no iba porque primero que todo está la parte de mi vida", resume una auxiliar de enfermería que prefiere no revelar su identidad y que finalmente atendió la llamada.

Cuando se presentan casos así, no tienen más remedio que acudir, el código hipocrático les obliga, pero también les expone a quedar en medio de un tiroteo y morir.

Tampoco tienen como decir que no a un grupo de hombres fuertemente armados que le llaman para que ayude a uno de sus compañeros.

Nadie está a salvo de la violencia en un pueblo en que la paz sigue siendo un sueño lejano.

FUENTE: Con información de EFE - http://www.lavanguardia.com/