domingo, 12 de noviembre de 2017

(Cataluña - España) La confesión de Forcadell y el réquiem por el 'procés'

La historia, como Dios, a veces escribe derecho en renglones torcidos. Es notable cómo de un episodio de preocupante descoordinación y discrepancia judicial ha salido de carambola una operación política que, valorando su resultado más que su gestación, podríamos considerar casi perfecta.
Quizá la histriónica actuación de la Audiencia Nacional –ayudada por el no menos histriónico fiscal general del Estado- haya resultado funcional para hacer posible la mucho más matizada -y en mi opinión, más consistente- del Tribunal Supremo. Quizá el hecho de haber enviado a prisión a los miembros del Govern y dejar pasar una semana ayudó a que maduraran las condiciones anímicas para el espectacular renuncio de Forcadell en su declaración ante el juez Llarena.

Las piezas encajan de tal forma que, si no conociéramos al Estado español, podríamos elucubrar con un sofisticadísimo diseño a muchas bandas para desmontar el tinglado secesionista en un mes, partiendo del crucial discurso del Rey. Pero como lo conocemos, es más realista recurrir al refranero. Entre otras razones porque si nuestro Estado contuviera semejante grado de refinamiento estratégico, nunca se habría llegado a esta situación.
Lo cierto es que los independentistas monopolizaron la iniciativa y condujeron el 'procés' a su antojo hasta el 1 de octubre –incluido ese día-. A partir de ahí, su gestión del éxito fue catastrófica. Encadenaron errores, cada uno más grave que el anterior, hasta desembocar en aquella mañana del 27 de octubre en que un Puigdemont desquiciado tiró a la papelera el decreto de convocatoria de las elecciones –y con él, su última posibilidad de hacer algo digno y útil como presidente de la Generalitat.
Desde entonces esos dirigentes han atendido más a su defensa personal ante la justicia que a ninguna otra cosa. Una desbandada que culminó ayer Carme Forcadell, dueña de la calle y endiosada Juana de Arco de la causa independentista.
Los dirigentes han atendido más a su defensa personal ante la justicia que a ninguna otra cosa. Una desbandada que culminó ayer Forcadell
Hoy podemos decir que el 'procés', tal como se concibió tras las elecciones de 2015, ha sido liquidado por sus promotores. La independencia se ha evaporado en el horizonte divisable tras manifestarse urbi et orbe su radical inviabilidad; a partir del 21-D Cataluña afronta más bien la tarea de recuperar la normalidad de su autogobierno.
El movimiento independentista ha quedado descabezado y sus máximos líderes desacreditados. Puigdemont es ya un engorroso fastidio para todos, incluido lo que queda de su partido (quizá en unas semanas estén todos en la calle y solo él en prisión). Junqueras es el genio estratégico que pinchó la lancha salvavidas de la convocatoria electoral y precipitó el naufragio, lo que tendrá que explicar cuando salga de la cárcel. Forcadell entregó el jueves su carrera política a cambio de seguir durmiendo en su casa. Estamos a cinco semanas del 21-D y no se ve quién podría ser presidente de la Generalitat en el caso probable de que los nacionalistas ganen las elecciones.
Con su torpeza inaudita, ellos mismos han justificado y legitimado al 155, que hoy ya sólo discute Iglesias. Además, han provocado la aparición de un pujante movimiento constitucionalista en Cataluña que ya no va a renunciar a hacerse presente cuando se ponga en peligro la convivencia.

Se acabó la fantasía unilateral. Aunque ganen el 21-D, ya es inconcebible retomar el 'procés' en el punto inservible en que lo dejaron. El gobierno que salga de las elecciones tendrá que obviar todo lo sucedido desde el funesto pleno del 6 de septiembre. Tendrá que diseñar un nuevo proyecto y aprestarse a realizarlo mediante una doble negociación, con España y dentro de Cataluña, siempre en el marco de la ley. Tendrá que recuperar la abandonada tarea de gobernar, empezando por hacer algo útil para que regresen las dos mil empresas a las que a que ellos echaron de Cataluña. Por eso sería muy saludable que otras personas menos chamuscadas encabecen la nueva etapa.
No se sabe qué sorprende más en el comportamiento de los dirigentes del independentismo: si su abismal falta de grandeza (una causa épica, como fundar un Estado, dirigida por gentes de una vulgaridad aplastante); la ingenuidad de pretender que se puede mutilar impunemente a un Estado europeo de 500 años sin que se defienda con todo su poder; o el cinismo de vender a dos millones de personas la fantasía de un coche volador que los conduciría al paraíso, sabiendo que solo disponían de un vehículo a pedales para recorrer el empedrado camino del infierno.

Apremiada por la comprensible urgencia de salvarse de la quema carcelaria, Forcadell confesó ante el juez Llanera el secreto peor guardado del 'procés': que todo era un cuento, que lo fue desde el principio y que ellos siempre lo supieron. No deja de ser irónico que haya tenido que ser ella, la suma sacerdotisa de la fe, la encargada de desvelar el tinglado de la farsa y entonar el réquiem por el 'procés'.
(El juez, perverso él, hizo constar esa revelación en el auto, junto con la contrita promesa de Carme y sus colegas de retirarse de la política o ejercerla siempre dentro de la Constitución. Y por si las moscas, añadió una advertencia: “No se escapa que las afirmaciones de todos ellos pueden ser mendaces; en todo caso, han de ser valorarse en lo que contienen, sin perjuicio de poderse modificar las medidas cautelares si se evidenciara un retorno a la actuación ilegal que aquí se investiga”. Creo que se le entiende).
En el triste final, que alguien le explique a Puigdemont que ya ha hecho daño suficiente
Me pregunto cuántos catalanes que creyeron de buena fe en el inmediato advenimiento de la república hoy se sienten estafados, heridos y despreciados por la camarilla de timadores políticos que se conjuró un día en torno al astuto Artur Mas. En el triste final de la escapada, que alguien le explique a Puigdemont que ya ha hecho daño suficiente a su país, que su estrafalaria aventura bruselense está muy lejos de otorgarle la noble condición de exiliado y que no hay nada digno en ser un fugitivo de la democracia.
A partir de ahora, quedan muchas heridas por sanar y muchos puentes por reconstruir. El conflicto es real y profundo y su solución, si es que existe, será larga. Pero de momento, casi llegando a las navidades, creo que pueden empezar a retirarse las banderas de los balcones. Ojalá no haya que volver a sacarlas salvo triunfo en el Mundial –a ser posible, con gol de Piqué.

FUENTE: Con información de Columna de Opinión "Una Cierta Mirada" - IGNACIO VARELA - https://blogs.elconfidencial.com - (PULSE AQUÍ)