jueves, 9 de agosto de 2018

(Alemania) La gran mentira sobre el éxito de Hitler: por qué llegaron los nazis al poder de verdad

Un plano contrapicado que convierte el perfil de Adolf Hitler en una figura monumental. Una voz que se extiende por los campos de Núremberg, amplificada por altavoces. Contraplanos de rostros de jóvenes arios, que observan fascinados la figura de su líder. Travellings que dan a la escena un plus de misterio. No hay nada mejor que las imágenes que Leni Riefenstahl concibió para 'El triunfo de la voluntad' para conseguir que un achaparrado germano de 1,72 metros se convirtiese, a los ojos de todo el mundo, en un titán de la propaganda. Era el carisma en persona. O, por lo menos, lo parecía.

Durante décadas, el atractivo asociado a Hitler durante sus largas campañas por toda Alemania en un momento en el que los televisores aún no eran parte del mobiliario del hogar ha sido utilizado como tranquilizadora explicación de la llegada del Führer al poder. Era su magnetismo personal sin comparación lo que había obnubilado a millones de alemanes, se aseguraba. Sin embargo, una investigación recién publicada en 'American Political Science Review' desmiente dicha afirmación: Hitler pudo haberse recorrido cientos de ciudades alemanas, pero la influencia de sus mítines en los resultados de las eleccciones es más bien limitado.

“Nos sorprende lo marginal que fue la influencia de las apariciones de Hitler en las elecciones, especialmente cuando uno tiene en cuenta los testigos e historiadores contemporáneos que han confirmado sus excepcionales habilidades retóricas”, han explicado los autores, Peter Selb, de la Universidad de Konstanz, y Simon Munzert, de la Escuela de Gobernanza de Berlín. Para llegar a dicha conclusión, han revisado los datos de las elecciones celebradas entre 1927 y 1933, cinco parlamentarias y una presidencia y los han comparado con aquellas que dejó fuera de su itinerario. ¿El resultado? En contra de lo esperado, que no había gran diferencia entre unas y otras, con la excepción de 1932.

“Es llamativo que las apariciones públicas de Hitler y sus discursos como populista tempranero y líder de partido no fuesen muy influyentes, especialmente cuando uno tiene en cuenta el gran cuerpo de evidencia empírica que confirma su éxito propagandístico como dictador”, añaden. Ese es el quid de la cuestión: que la utilización de nuevas y llamativas herramientas que no empleaban sus adversarios políticos, como la amplificación electrónica de la voz o el empleo espetacular de aviones en los 'rallies' tuvo un efecto menor en esas 3.864 localidades analizadas de lo que se pensaba. Entre 1927 y 1933 el porcentaje de votos del Partido Nacionalsocialista aumentó desde el 3% hasta el 44%, pero no se debía a la cara bonita de Hitler ni sus “convincentes” discursos.

Si Hitler no hubiese existido...
Selb y Munzert proporcionan una interesante lectura histórica de la victoria nazi, que durante mucho tiempo se ha atribuido en un alto grado a la inteligente utilización de la propaganda por parte de Hitler y Joseph Goebbels. La presencia del icono nazi, señalan los autores, puede haber tenido una gran influencia a la hora de recaudar fondos, reclutar nuevos miembros nazis o mejorar la imagen del partido, pero mucho más limitada a la hora de conseguir nuevos votantes. En otras palabras, señalan los autores, se ha realizado una deducción equivocada: si el partido nazi venció en las elecciones y Hitler estaba obsesionado por dar una imagen carismática, cabe pensar que lo primero es consecuencia de lo segundo. Pero no fue exactamente así.

La lectura que realizan los autores es que se tiende a sobrevalorar la importancia (irracional) del carisma personal de los líderes y a infravalorar el rol que juegan las circunstancias (objetivas) que conducen a la llegada de los dictadores al poder. “La mitificación del poder de los demagogos es tan desaconsejable ahora como antes”, concluyen como moraleja. “Hacerlo pasa por alto las circunstancias económicas y políticas bajo las que han tenido éxito electoral: desempleo masivo y desesperación económica, la ausencia de apoyo a la democracia por parte de las élites, el desapego popular a los partidos tradicionales y sus representantes e instituciones débiles”. Sin embargo, advierten, la teoría de la importancia del líder carismático para el éxito electoral de los partidos populistas ha vuelto a ponerse de moda en los últimos años.

Los motivos exactos que llevaron al partido nazi al poder, y su subidón electoral entre 1930 y 1932, han sido uno de los grandes temas de discusión histórica durante los últimos 80 años. Una de las tesis más populares es la promovida por el célebre sociólogo y politólogo estadounidense S. M. Lipset, que definió al votante prototípico de Hitler como un protestante de clase media que vivía en el campo, trabajaba por cuenta propia y vivía en una pequeña granja. Era una tesis que se oponía a la de los “marginados”, según la cual habían sido las clases pobres las que se habían decantado por el Führer como salvador de la patria… y de sus bolsillos.

Otro análisis canónico fue el realizado por Karl O' Lessker a finales de los años 60, y el cual concluía que el cuerpo de votantes nazis estaba compuesto por la derecha tradicional y un amplio sector de la población que no solía votar y que lo consideraban el único que podía enfrentarse al comunismo en auge. Un artículo reciente de 'Der Spiegel' volvía a poner énfasis en la propaganda y en sus éxitos militares como lo que le hicieron llegar al poder y, sobre todo, consolidarse. No obstante, señalaba un factor esencial para entender el ascenso nazi: “Incluso las técnicas sofisticadas que crearon el mito del Führer no habrían sido efectivas si no hubiese un terreno abonado mucho antes de que Hitler se convirtiese en canciller”. En otras palabras, si Hitler no hubiese existido, Alemania lo habría inventado.

¿Qué clase de carisma?
A medida que pasaban las décadas y el contexto histórico se perdía, cada vez se hacía más hincapié en la habilidad sobrenatural de Hitler para convencer a la población, con las campañas electorales como su gran arma. Sin embargo, no siempre fue así. La hipótesis de los efectos mínimos, emergida en el albor de la ciencia política, precisamente asegura que las campañas electorales apenas tienen influencia en el comportamiento del votante. Desde entonces, la perspectiva ha cambiado, quizá debido a la influencia que tiene la política en los medios de comunicación. Un dato revelador: cuanto más aparecía en la radio el partido nazi en la prensa antes de llegar al poder, peor reputación tenían. Una vez llegaron al poder y controlaron los medios, era al revés: sus apariciones en los medios les hacía ganar apoyos.

Uno de los grandes especialistas en la forma de expresarse de Hitler es el profesor Bruce Loebs de la Universidad de Idaho, que durante décadas impartió el curso La Retórica de Hitler y Churchill. “Aprendió a ser un orador carismático, y la gente, por la razón que fuese, se enamoró de él”, ha explicado. “La gente deseaba seguirle porque parecía tener las respuestas correctas en un momento de gran agitación económica”. Como sugieren Selb y Munzert, el hecho de emerger como alternativa en un momento de crisis fue quizá lo más importante. Una cuestión de oportunismo, y no de carisma.

Una de las claves de su estilo era trabajar profundamente en sus discursos, que escribía hasta altas horas de la noche. O, mejor dicho, dictaba, porque contaba con tres secretarias apuntando todo lo que decía. Era algo tan importante que no dejaba que otro lo hiciese por él, señala Loebs. Otro rasgo esencial era su voz, uno de los rasgos que más suelen destacarse de Hitler, muy característica. También su gestualidad, directamente heredada del teatro, y depurada ensayo tras ensayo antes de aparecer ante su público: “Tenía que trabajar en ello porque era la mitad de su mensaje”, recordaba Loeb.

Uno de los análisis que contribuyó a que calase este mito del Hitler magnético fue un informe de 1943 encargado por la OSS (la precursora de la CIA) titulado, apropiadamente, 'La personalidad de Adolf Hitler' y realizado por el psicólogo de Harvard Henry Murray. En él se destacaba que este, cuando hablaba ante el público, era “un hombre poseído, comparable a un chamán, la encarnación de sus necesidades inconfesables y de sus anhelos” y recordaba que el dictador consideraba a las masas como una mujer que había que cortejar. Sin embargo, a continuación, Murray realizaba una interesante observación: que “ha sido creado, y hasta cierto punto inventado, por la gente de Alemania”. Quizá ahí, y solo ahí, se encuentre el verdadero sentido de su atractivo animal.

FUENTE: Con información de HÉCTOR G. BARNÉS - https://www.elconfidencial.com ->> Ir
 

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