viernes, 7 de septiembre de 2018

(España) 'Carmen y Lola': mujeres, gitanas y lesbianas

"Qué bonita es la amapola, no tiene padre ni madre, se cría en el campo sola", canta Carmen, adolescente, madrileña de Vallecas, gitana y, en breve, esposa. Tiene 17 años y se adorna para su pedimiento. ¿Papá, me das permiso? Nunca ha ido a clase: "¿Para qué, si me voy a casar?". Es lo que manda la tradición. Es lo que hay. Es lo que ha habido siempre. Futuro de matrimonio y mercadillo. En el puesto de frutas, Lola, adolescente, madrileña de la UVA de Hortaleza, gitana y estudiante con vocación de profesora. Y feminista sin membresía: "Odio ser mujer", revienta, "porque por ser mujer solo puedo tener hijos, tener marido, tener casa para fregar". "Y es que las gitanas, por no tener, no tenemos ni sueños".
Porque ser mujer, lesbiana y gitana hace de la rutina un campo de batalla. Si Sebastián Lelio pintó un retrato más académico del lesbianismo dentro de la comunidad judía ortodoxa de Londres en 'Disobedience', cámara en mano y en continuo movimiento, Echevarría traza un retrato de la feminidad dentro de las costumbres gitanas; primero con maneras de documental para poco a poco sosegarse y centrarse en la ficción de la intimidad de las dos protagonistas: Rosy Rodríguez (Carmen) y Zaira Morales (Lola), dos chicas sin experiencia previa como actrices, como la mayoría del reparto. Por esa naturalidad que da el gesto no estudiado y gracias a una gran dirección de actores, Echevarría y —sobre todo— sus actrices han conseguido capturar y transmitir la franqueza de los gestos, de las miradas, la verdad, al menos, en su forma destilada. Punza la boca del estómago el llanto amargo de Flor (Rafaela León), la madre de Lola, 'partía' en dos entre el palpitar de su cordón umbilical y las obligaciones de su rol tradicional.

Con el pretexto del 'pedío' de Carmen, la directora bilbaína transita con una mirada casi antropológica por muchos de los ritos de la tradición gitana: la vida dentro de la asociación vecinal, donde las mujeres se reúnen y se libran de su rol de madres, amas de casa y esposas; la ceremonia del culto evangélico y la importancia de los pastores para la comunidad, y las dinámicas dentro de los barrios y de las familias. Habla de la importancia de la familia, de la sangre; enseña la alegría de las fiestas, de los bailes. Pero también cómo los tacones de purpurina son muchas veces grilletes, aunque brillen, y cómo una corona no es sinónimo de poder. Y como paisaje con entidad propia, la geografía árida del Madrid suburbano de solares polvorientos y pasos a nivel, escenario hormigonado de pitillos, latas y amores primerizos.

'Carmen y Lola' reformula la historia clásica del amor prohibido como una crítica social realista, que al tiempo que afila el discurso no pierde el lirismo: el fondo de una piscina abandonada se convierte en el refugio de las amantes furtivas, un paquete de tabaco en un proyecto de vida en común. Y aunque al final de la película los sentimientos de 'desborbotan' y lo que antes era franqueza se deforma momentáneamente en un griterío telenovelesco, 'Carmen y Lola' vuelve a su cauce con ese plano de la cara interna de El Ruedo —el bloque de viviendas circular que linda con la M-30— de ventanas como retablos domésticos.

Más allá de la sencillez y la eficacia de la narración de 'Carmen y Lola', atrapa la periferia. El cine con el que comulga Echevarría ha nacido para remover entrañas y conciencias, que a su vez es el más expuesto a la lupa de la pureza. La mirada entre fascinada y distanciada de Echevarría, que lleva al espectador por caminos pocas veces transitados e inevitablementre prejuiciados, pero a la que a su vez le pesa su condición de foránea. Desprenderse de lo aprendido cuesta. Para todos. Pero lo que importa es que al final está la libertad, que es Antoine Doinel corriendo hacia el mar, que es la perspectiva de un horizonte amplio y sin imposibles.

FUENTE: Con información de MARTA MEDINA - https://www.elconfidencial.com ->> Ir
 

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