domingo, 7 de octubre de 2018

(España) El Borbón que tenía una desmedida afición por satisfacer sus bajos instintos

El primer Borbón que reinó en España tenía, entre otras aptitudes, una desmedida afición por el sexo cosa fina, algo muy loable si no fuera por la dedicación exclusiva que le ocupaba y la escasez de tiempo que dedicaba a las exigencias de la administración del reino. Es probablemente por un síndrome de priapismo sobrenatural que a su majestad le pusieran a tiro a las más lozanas doncellas que pululaban por la corte con objeto de mitigar sus básicos instintos.
A esto, hay que añadir que sus cualidades higiénicas no era muy notorias, dejaban mucho que desear, y sus aromas corporales ahuyentaban rotundamente a las cortesanas que no conseguían darle esquinazo oportunamente para deshacerse de sus peculiares encantos (o taras).

Pero el monarca en su énfasis reivindicativo de su propio universo hormonal, no reparaba en los detalles, de tal manera que las féminas que caían en sus brazos (quizás desmayadas ante el acumulado de tan balsámicos efluvios), y ya dispuestas para aceptar al cernícalo real a base de notables contrapartidas, no tenían más remedio que ponerse unos discretos trozos de seda empapada en ámbar, lavanda, alcohol de romero rebajado o esencias aceitadas para soportar las sesiones ininterrumpidas de 24 horas al día, siete días a la semana y el suma y sigue consiguiente, so pena de que su integridad física declinara su verticalidad en perjuicio de contundentes chichones a causa de los vahídos que desataba la presencia de un coronado que era más que reacio al agua; un guarrindongo de manual.

Practicaba el coito a diario con una destreza tal que parecía un maestro de sexo tántrico o el autor del hombre multiorgásmico. La corte estaba alarmada ante este comportamiento tan extenuante (el propio embajador de Francia en un informe a la cancillería gala hacía énfasis en lo demacrado que estaba el coronado). La reina no daba abasto y por ello, miraba para otro lado con el tema de las concubinas, para ella, era un alivio la cosa de los cuernos.

Se da la surrealista circunstancia de que se llegaría a celebrar los Consejos de ministros en las inmediaciones de su palpitante tálamo, ya que el hombre parecía adherido con superglue al mismo. Es probable que ese sempiterno terror a la muerte tan tratado en miles de ensayos y novelas a lo largo de la historia y punto de inflexión de cualquier pensante de buen juicio cuando este tema se asoma al balcón de la mente –el tradicional Eros y Tanatos–, se hubiera convertido en un mero ejercicio de exorcismo de la más que probable patología que albergaba el monarca ante su frágil salud física y sobre todo, mental.

Se ha llegado a constatar, a pesar de la discreción del embajador de Francia al que hizo probar uno de esos engendros gastroeroticos, que las pócimas afrodisíacas estaban a la orden del día y con una presencia que rozaba el escándalo por su palmaria evidencia, pues afectado por la desgracia – probablemente bipolar–, no tenía reparos en sugerir las bondades de sus engrudos a los más allegados.
Su enorme conflicto existencial

Este espécimen era hijo del Gran Delfín de Francia, el llamado a gobernar al otro lado de los Pirineos –un libertino con turbocompresor -, hijo a su vez de una teutona cuyos notables desequilibrios mentales la hacían vivir en una tristeza de solemnidad. Su emperifollado abuelo, el Rey Sol, Luis XIV, considerado por su pueblo y cortesanos como si de una divinidad terrestre se tratara, consiguió el trono español para su pusilánime nietecillo, a la sazón, el llamado solamente Felipe -sin numerales detrás- cuando el imberbe tenía dieciséis añitos.

Este complejo personaje, uno de los elementos centrales de un siglo de luces y sombras para España, era muy dado a visitar los campos de batalla no se sabe si para interiorizar el horror allá expuesto o para saldar los patológicos meandros de su extraña mente. En estos morbosos escenarios, el alma del espiritual pirado se realizaba cum laude. El Señor, que todo lo ve pero nunca interviene, tiene en su portafolio extraños diseños y comportamientos para sus extrañas criaturas.
Pero la cosa no acaba ahí. Este ser angustiado, habitante de un alma quebrada y sometida a tremendas tensiones estructurales, nunca quiso gobernar como lo demuestra su pasotismo e indiferencia a los asuntos de estado.

Torturado por un destino impuesto y por unas inquietudes muy alejadas del poder, buscaba un nicho donde albergar su enorme conflicto existencial. Su reinado fue un continuo sobresalto para sus subordinados y secretarios, para su valido y para su mujer. El deseo continuo de abdicar era una pesadilla pues no se encontraba una puerta abierta o una ventana debidamente oxigenada para darle al tema una solución que le permitiera dejar el trono con dignidad. En julio de 1720, en El Escorial, firmaría un voto secreto acompañado de su esposa Isabel Farnesio por el que se comprometía a abandonar el poder en la mayor brevedad posible, señalando el día de Todos los Santos de 1723 como el punto de no retorno de su actuación al frente de la Corona.

En las cortes europeas el susto y pesar por las derivadas que podría comportar esta decisión, tenía al personal en un sinvivir permanente. A su hijo Luis, de dieciséis años, en su anunciada abdicación de sus incontables reinos y señoríos, le cedía el poder, eso sí, con una pléyade de asesores de primer nivel; pero cosas de la vida, el ya convertido en sucesor de hecho, Luis I, va y se muere. Cosas de la vida.

Este monarca y hombre que encarnaba elevados ideales espirituales a la par que meteduras de pata de calado en la imagen de la gestión del estado, al parecer y de forma sincera, buscaba meditar acerca de la otra vida y trabajar en pos de su salvación eterna, algo muy loable sin duda, pero que dejaba a la nación huérfana de gobierno y dirección.

Muerto Luis I, al parecer por una viruela desalmada, se vio en la tesitura de volver al poder contra su voluntad. En su segundo intento de abdicación en su hijo Fernando, entregaría al presidente del Consejo de Castilla su renuncia otra vez a las tareas de estado. Una contundente actuación de Isabel Farnesio, su práctica e incondicional segunda esposa –y literalmente en ocasiones vapuleada mujer–, quien acabó con los delirios del rey de largarse a un eremitorio donde reposar de tanto ajetreo. El incondicional apoyo del Cardenal Alberoni haría el resto.
Vivía de madrugada

La verdad es que la retahíla de desvaríos de este torturado rey da para dejar a la biblia a la altura de un tebeo o comic de segunda. Vivía de noche por su reconocida fotofobia, trastocando así el buen funcionamiento de la corte y de la gestión administrativa en lo tocante a la dependencia del sello real y de sus imprescindibles firmas en temas de importancia determinante.

A esas extrañas manías tan difíciles de juzgar por lo relativo del desconocimiento de las interioridades últimas del sujeto unas veces, y otras por que los prejuicios nos hacen buenos a base de denostar las debilidades de los otros; este pobre hombre acabó encerrado en una habitación coleccionando los relojes más avanzados de la época. Sin ir más lejos, hacia 1725 se hizo con una verdadera joya, tal que era famosísimo reloj astronómico de las Cuatro Fachadas, obra de Thomas Hildeyard. Un trabajo técnico inigualable en aquel tiempo, quizás el más avanzado reloj de la historia entonces, un artefacto de planta cuadrada y una bella cúpula acristalada en cuyo interior se encerraba el universo astronómico conocido. Hoy forma afortunadamente parte de la colección de Patrimonio Nacional.

Hacia 1717, le asaltó la idea delirante de que la ropa blanca (toallas, sabanas, indumentaria, etc.) aquilataban una concentración de malvadas energías que lo estaban envenenando, para lo cual y evitar las influencias malévolas de aquellos que pretendían deshacerse de su egregia figura, se daría la orden de renovar íntegramente el vestuario de palacio que no concordara con esos parámetros de profilaxis. En consecuencia, se encargó a las monjas la confección de su íntegro vestuario doméstico y personal.

Pero lo más flagrante de todo, como ya hemos apuntado en líneas anteriores, era la cuestión de la higiene. Su aseo personal rozaba el esperpento. En sus momentos más depresivos, más allá de las paranoias citadas anteriormente, podía pasar meses enteros sin afeitarse, lavarse o cambiarse de ropa. Sus uñas alcanzaban dimensiones galácticas y sus greñas albergaban un inquilinato de okupas de los más variado. Con estos mimbres, los embajadores se echaban a temblar ante las audiencias acordadas, pues era notorio que aquel desdichado despedía un olor – hedor que rayaba con el intento de homicidio de sus interlocutores e iba en contra de las más mínimas reglas de la etiqueta.

Si a esta gama de afecciones le añadimos episodios destructivos (los catalogados como brotes hipomaniacos, unos suplementos colaterales al trastorno bipolar) y el Síndrome de Cotard (un delirio nihilista), que le generaba paranoias como la negación de tener brazos y piernas o la de trasferir su propia identidad humana a sapos o ranas; tenemos ante la historia a un individuo que jamás debió acceder al poder. Afortunadamente, el peso de la gestión de estado era discretamente dirigido por la reina en una especie de gerencia dual, a la par que por probos funcionarios que salvaban la cara de las erratas genéticas de aquel pobre e infortunado tarado.

La traca final de este monarca inhabitado por la cordura era su guerra a muerte con los galenos. Prácticamente hacia exorcismos para ahuyentarlos de las inmediaciones de palacio. Era un odio soterrado el que les profesaba. Imaginaba que se lo querían cargar por delegación de otras potencias extranjeras. Lo cierto, es que el cuerpo, entendido como separación de la mente o quizás como proyección de la misma –dicho esto con las debidas reservas ahora que estamos en las fronteras de la Matrix cuántica–; lo tenía el rey en plena forma a juzgar la calidad y cantidad de sus devaneos y rendimiento horizontal. Lo que le fallaba un pelín era la azotea.

En fin, un contraste con el gentleman que hoy reina en nuestro país. Donde antes campaba la temeridad en las formas y el abandono de las tareas de estado competentes e inherentes a su cargo, hoy tenemos un monarca que representa dignamente al país, aunque está por demostrar si será un gran Borbón o uno más de la saga que ha flagelado a este castigado pueblo. Démosle un voto de confianza.

Tras Felipe II, el reinado de Felipe V sería el más largo conocido hasta el momento, y una tortura para la nación. Este singular monarca es probablemente uno de los personajes más depravados que haya hollado nuestra historia sin duda alguna.

Como colofón, más que vivas al rey, yo me limitaría a rezar al que siempre está sesteando, que ese curioso y peculiar gen dominante en los Borbones, no se materializara en su majestad Don Felipe VI. De momento, parece que estamos a salvo.

FUENTE:  Con información de Álvaro Van den Brule - https://www.elconfidencial.com ->> Ir
 

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