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lunes, 6 de julio de 2020

(Colombia) Lo que no borró el desierto - Capítulo 1

Por Diana López Zuleta - Año tras año había anhelado encarar al hombre que mató a mi padre. Ahora que iba a tenerlo enfrente, mi plan era hacerle la pregunta que tanto me había atormentado: ¿Por qué lo había mandado asesinar?

Yo tenía veintiséis años y a la sazón trabajaba como pe­riodista. Desde Bogotá me enviaron a cubrir una cumbre de gobernadores. El entonces presidente de la República, Juan Manuel Santos, comprometería a todos los mandata­rios regionales en el difícil proceso de paz que se desarro­llaba en La Habana con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

El criminal estaría allí, en ese encuentro que se celebra­ría en el Centro de Convenciones Plaza Mayor de Mede­llín. Era jueves 15 de agosto de 2013, fecha en que, por coincidencia, el asesino de mi padre cumplía cincuenta y cinco años.

Yo iba vestida con un pantalón blanco, sandalias de ta­cones y una blusa negra de arandelas que se ajustaba con un cinturón adornado de piedras transparentes. Tenía suelto el cabello negro. En mis entrañas retumbaba el ulu­lar de mis miedos y me sentía perturbada, quizás vulnerable. De mi cuello colgaba la escarapela de periodista de una institución pública, con mi nombre escrito en esta.

Durante dieciséis años había sentido la ausencia de mi padre. Y aunque parte de mi familia, incluida mi mamá y mis hermanos, me recomendaban que dejara las cosas en manos de Dios, no me resignaba a la impunidad. Desde antes de empezar mi carrera de periodista sentía que debía hacer algo.

Llegué media hora antes de que comenzara el evento que se realizaba en un inmenso salón con capacidad para mil personas. El lugar estaba lleno de ministros, gobernadores, periodistas, comitivas oficiales y hasta el entonces expresidente Belisario Betancur era uno de los asistentes. El aire acondicionado creaba un clima casi benigno. Había mesas rectangulares, largas, decoradas con manteles blan­cos y sillas negras. En cada una de ellas se habían dispuesto cartulinas blancas marcadas con el nombre y el cargo de los funcionarios.

Recorrí las mesas todavía vacías de la gran Cumbre de Gobernadores, Preparémonos para la Paz, y observé los ró­tulos de cada invitado. Establecí el sitio exacto donde esta­ría Juan Francisco Gómez Cerchar, gobernador de La Guajira, el hombre que había ordenado la muerte de mi padre.

En medio de la barahúnda de los invitados, lo busqué entre la multitud que iba atiborrando los espacios. Pero él no llegaba.

Pocas horas antes yo había revisado las redes sociales para verificar la participación de Gómez Cerchar en la Cumbre. A través de un trino, él había confirmado su asistencia al evento, de manera que mi encuentro con él se daría tarde o temprano.

Entrevisté a varios de los asistentes, siempre con la ca­beza en otra parte. Examinaba a cada persona que entraba por la puerta opuesta a la tarima principal sobre la que se pronunciarían los discursos protocolarios.

La ceremonia de apertura inició. Todos los asistentes entonaron de pie el himno nacional sobre música de fon­do que salía por los altoparlantes. Pero el gobernador de La Guajira seguía sin aparecer.

Comencé a sentirme nerviosa y me refugié en la sala de prensa a escribir una noticia. A las 11:05 de la mañana se la envié a mi jefa por correo electrónico y le sugerí dos tí­tulos.

Presa de la ansiedad y la angustia, llamé a Bogotá al periodista Gonzalo Guillén, a quien le había confiado mi secreto. Me recomendó que reprendiera con dureza y severidad al gobernador de La Guajira delante de otros pe­riodistas. Esa sería mi garantía y protección si Gómez Cer­char llegaba a reaccionar con violencia.

Pensé que, si llegaba, primero lo interrogaría sobre al­guna generalidad del evento. Mi mente trabajaba a un rit­mo vertiginoso.

Durante el almuerzo, repasé una y otra vez la macabra muerte de mi padre, las noches de insomnio. Sabía que cuando enfrentara a Gómez Cerchar no me reconocería como la hija de Luis López Peralta. Pero me sentía insegura, ese torbellino de cavilaciones y sensaciones me abrumaba.

De repente, él apareció presuroso entre la gente. More­no, barrigón y de mediana estatura, ocupó su puesto en el preciso momento en que el presidente Santos comenzaba a pronunciar su discurso. Eran las tres de la tarde.

Cuando el presidente terminó, me acerqué a la mesa del gobernador. Antes de llegar a su puesto, me pregunté si estaba segura de lo que iba a hacer y si mi impertinencia podría costarme el empleo. Me temblaron las piernas, las palpitaciones retumbaban en mi pecho. Ya estaba frente a él. Suspiré, traté de vencer el miedo y me lancé:

—Señor gobernador, quiero hacerle una pequeña en­trevista.

El hombre se levantó de la silla y me saludó sonriente. En la comisura de los labios se le dibujaba una rugosidad. Tan pronto me vio, pensé que su conciencia debía ser tan negra como mi blusa.

—Claro que sí, reina —repuso.

Ningún otro periodista estaba a mi lado. Había olvida­do la recomendación de Gonzalo. Hubiera sido más fácil enfrentarlo en una rueda de prensa, amparada por colegas y amigos.

Gómez Cerchar dio unos pasos para alejarse de la mesa, encendí mi grabadora y le hice dos preguntas sobre la perspectiva desde la cual asumía el tema de la paz y el pos­conflicto, y la propuesta que haría como gobernador de La Guajira. Contestó con frases de cajón diciendo que su de­partamento había vivido el flagelo de la guerra, que él ha­cía mucha fuerza para que el proceso de La Habana saliera bien y que había que realizar inversión social sostenible en las regiones.

En medio de su declaración, a veces me miraba fija­mente, pero también desviaba su vista y parecía detallar algún punto perdido del salón. Yo no escuchaba sus pala­bras. Si ahora las recuerdo es porque las grabé. Observé su papada, su gran nariz. Todavía hoy me parece que su tono de voz y sus modales eran amables, tal vez caballerosos.

—Muchas gracias —le dije con voz queda.

Fui incapaz de increparlo. Respiré hondo y traté de sonreír.

Me miró fijamente y clavó sus ojos en mi escarapela invertida, cuyo giro involuntario ocultaba mi nombre. Acercó su mano, de manera invasiva, y con un rápido mo­vimiento volteó mi carné y reparó en mi nombre. Diana Carolina López Zuleta. Tal vez alcanzó a leerlo completo. Tal vez sabía que yo era una de las hijas de López Peralta. No puedo asegurarlo.

Retrocedí y le di la espalda. Quizás él me miró mientras me alejaba. Caminé decepcionada de mí misma hasta la sala de prensa para recoger mi cartera y mi computador. Me sentí cobarde, pero no lloré. Coraje, era lo que necesi­taba en aquel momento y quizá yo no lo tenía. Ahora que escribo estas líneas pienso que fue mejor así. Tal vez debía entender que era mejor enfrentarlo de otra manera, con mis armas de periodista, con la investigación que ya estaba haciendo y que al cabo de los años contribuiría a condenar a Kiko Gómez, el asesino de mi padre.

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