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lunes, 8 de junio de 2015

(Opinión) Escándalo en la FIFA, o la farsa del deporte

Nadie niega la emoción contenida en los juegos, el encanto que suscita la actividad lúdica y el papel que ésta cumple en la psique y el cuerpo humano, la necesaria catarsis que ella implica cuando se realiza en un medio sano. Cuando los juegos se convierten en competencias dirigidas por instituciones o Estados, surgen los deportes y la competitividad implícita en cada deporte, donde la actividad física puede llegar a cumplirse como una suerte de dignidad del esfuerzo humano cuando éste se empeña en alcanzar marcas y récords en destreza, velocidad, agilidad, fuerza, potencia o gracia corporales, lo cual implicaría también una ética que permite el cumplimiento de ese esfuerzo dentro de un espacio que pone de relieve no sólo lo físico, sino la búsqueda de una belleza que tiene algo de arte (mens sana in corpore sano, reza la máxima latina), a la cual vale la pena admirar y celebrar. Así lo entendían las sociedades antiguas como la China, la Árabe, la Hindú o la Griega. Las competiciones en Olimpia, Delfos y otras ciudades de la Grecia antigua los juegos se ejecutaban en honor de los dioses, y se fomentaban para el disfrute de los ciudadanos.

Desde que la actividad lúdica y deportiva se mercantilizaron, es decir, entraron en el dominio del marketing y los negocios del capitalismo, se ha venido desvirtuando la naturaleza misma del deporte, pues grandes empresas se han apoderado de clubes y equipos, entrenando a sus jugadores para convertirles en ídolos de masas, en héroes deportivos admirados por inmensos contingentes, hasta el punto de ponerles precios y haber creado para éstos la figura del “fanático”, es decir, del espectador deportivo radical que toma partido por tal o cual equipo, y a éste defiende como no defendería a su propia madre. El beisbol y el fútbol se convirtieron en el siglo XX y lo que va del XXI en los deportes que mueven más fanáticos en el mundo a través de medios de masas. El fútbol ha movilizado importantes contingentes de personas a estadios en Europa, principalmente, y en América Latina, en Brasil y Argentina. El fútbol ha logrado universalizarse como negocio a través de organizaciones trasnacionales que, como la FIFA, han acumulado cifras astronómicas de dinero con las cuales enriquecen de modo inmediato a sus jugadores, algo tomado como perfectamente normal dentro del funcionamiento del marketing. Los jugadores han sido convertidos en suertes de ídolos, en figuras que van más allá de lo meramente deportivo: se trata en este caso de héroes nacionales, prototipos de éxito, arquetipos físicos, iconos para vender ropa, zapatos, balones, productos, bebidas, camisetas, álbumes; periódicos les dedican reportajes, entrevistas, artículos donde los muestran como ejemplos de la juventud, del éxito personal, del progreso. La FIFA ha inventado la absurda categoría de “Mejor jugador del mundo” sólo para crear una rivalidad entre los jugadores y ponerlos a su servicio; un equipo millonario de España (el Real Madrid) es llamado ridículamente el “Equipo galáctico” y contrata para él cualquier jugador de cualquier nacionalidad, argentinos, brasileros, holandeses que se venden al mejor postor para prestigiar al supuesto primer equipo de España, cuestión que en los mundiales luce paradójica al enfrentarse entre países, como fue el caso de Leonel Messi en el pasado mundial, el supuesto “primer jugador del mundo” que hizo un mediocre papel en ese torneo representando a su país, la Argentina.

Ya no es posible tragarse el cuento de que el deporte “une a los pueblos” o en patrañas por el estilo, mucho menos si sabemos que a través del ciego fanatismo deportivo lo que se hace a veces es transferir simbólicamente esperanzas, frustraciones, odios, venganzas y todo tipo de xenofobias (…).

En Europa cada país tiene una competición permanente de fútbol que mantiene a un público cautivo observando todo el año cómo se enfrentan por un trofeo (una Copa), y luego en competencias inter-europeas cómo se confrontan a países vecinos, para finalmente llegar al Mundial de Fútbol, evento donde se corona todo este delirio de equipos enfrentados que lleva a gobiernos de cada país a competir para ser su sede; se construyen cada año grandes estadios para tal efecto, llevándose consigo cualquier cosa que les estorbe en su camino con tal de lograr su cometido, comunidades enteras son sacrificadas, a objeto de capitalizar las astronómicas ganancias.

El reciente escándalo que se ha destapado en la FIFA no es sino el colapso natural (y terminal) de una empresa donde sus directores cobraban sumas gigantescas no declaradas a esa empresa, sobre todo por concepto de transmisiones masivas de los partidos. De modo que esta “mancha” en el mundo de la empresa salpica también a los jugadores y al sistema mismo de funcionamiento de esa empresa deportiva. En el boxeo, otro caso conocido, los jugadores pueden ser manipulados fácilmente a través de sus managers o empresarios, de ahí por ejemplo la reciente “Pelea del Siglo” que no fue sino una gran farsa, una pelea mediocre y armada previamente para obtener pingues ganancias por concepto de apuestas, donde en sus entretelones se vieron a actores y actrices de Hollywood pavoneándose entre el público, todo un show mediático sólo para ganar dinero, y donde los espectadores fueron claramente irrespetados. También recientemente presenciamos una sórdida riña entre dos importantes equipos del fútbol argentino, una pelea a golpes en plena cancha verdaderamente lamentable. Los protagonistas del desfalco en la FIFA incluyen al presidente de la federación, y sus cómplices aparecen por todos lados y son de varias nacionalidades, incluyendo a un venezolano.

Ya no es posible tragarse el cuento de que el deporte “une a los pueblos” o en patrañas por el estilo, mucho menos si sabemos que a través del ciego fanatismo deportivo lo que se hace a veces es transferir simbólicamente esperanzas, frustraciones, odios, venganzas y todo tipo de xenofobias y sentimientos nacionalistas encontrados y sublimados donde anidan fuerzas racistas, irracionales y sabrá dios cuantas más emociones personales reprimidas, en eventos donde lo menos importante parece ser el costoso importe de las entradas, sino la identificación irracional y automática de unos fanáticos con unos jugadores y equipos que a veces no tienen nada que ver con ellos.

FUENTE: Gabriel Jiménez Emán -  http://hoyvenezuela.info

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