miércoles, 20 de febrero de 2019

(Panamá) El ombligo de Robinson ¿Quién es Benicio?

Por: Víctor A. Mojica - Benicio Robinson, comando en jefe de los casi 24 mil millones de dólares del presupuesto de Panamá, le dice a los bocatoreños que tiene enterrado el ombligo que le sobró de su nacimiento en la comarca Ngäbe-Buglé. Para los ngäbe, principal votante de su circuito electoral, la mayoría cercanos a la mendicidad, ese pellejo es muy especial. Si se entierra con una planta de pixvae, una palma u otra planta, aplazará la llegada de la vejez y ofrecerá prosperidad al nuevo humano. Robinson les habla de su ombligo porque vivió en una choza de madera. El presidente del partido de Omar Torrijos era parte del otro país que tenemos en prosperidad: la nación miserable.

Acabo de llegar a su tierra, Becativé, en Bisira, Kankintú, en el vagón de un pickup. Su acta de nacimiento no precisa su origen. En esos años era difícil registrar los nacimientos en estos lugares. El documento dice que es de Bocas del Toro, del 5 de agosto de 1959 y que es hijo de Elia María Grajales Calvo y Benicio Enacio Robinson Hooker. Antes de este viaje de casi treinta minutos por un camino rocoso, pasé una hora observando casas de madera y de paja, lavanderas, niños en piraguas. Antes del río Cricamola, salté por casi una hora en la misma lancha con las olas del Caribe y observé barcos gigantes cargando combustible y viejos marineros indígenas. Antes del mar, viajé cuatro horas en un bus. Y antes de este bus, viajé ocho horas en otro bus. Antes de todo esto no había escuchado sobre Becativé.

Benicio Robinson se convirtió en diputado cuando su partido político, el PRD, estaba destruido. Señalados de responsables de una invasión, de complicidad en asesinatos y torturas, de narcos, aliados de Noriega y de ‘Papo' Córdoba. El partido más grande había colapsado. En las elecciones de mayo de 1989, elecciones que fueron anuladas y que se validaron ocho meses después, sacaron seis diputados —entre esos, Elías Castillo, Gerardo González, Balbina Herrera—. La coalición de oposición sacó más de cincuenta legisladores. En unas elecciones parciales posteriores, en enero de 1991, para incorporar nueve curules de algunos circuitos donde fue imposible contar los votos, Benicio Robinson gana en Chiriquí Grande y se une al grupo de diez diputados del PRD que tendrían una silla en el parlamento panameño. Iniciaba la transición a la democracia. ‘(Benicio) asumió la responsabilidad de encabezar a las fuerzas patrióticas y de resistencia al invasor, eso lo llevó a ocupar las montañas de Bocas del Toro y desde allí iniciar la tarea de la reorganización del partido —dice Rogelio Mata, asesor político en el PRD— y de reagrupamiento de todos los torrijistas en torno a la Dirección Nacional designada para cumplir con la tarea de adecuar al partido con la nueva realidad del país'.

Antes de llegar a Becativé, visité Chiriquí Grande. El 21 de noviembre, el diputado, que no tiene teléfono inteligente por temor a ser escuchado, publicó en Twitter que este lugar es la tierra que lo vio ‘crecer como político hace más de 30 años'. El pueblo estaba de fiesta y lo visitó con el candidato presidencial Laurentino Cortizo. En esta ciudad hay casas que amenazan con desplomarse instaladas sobre el mar, conectadas por una vereda ondulada que conduce a una cancha de voleibol de playa natural. Unos niños se esconden entre los tablones de madera que son sus residencias, perros enfermos duermen sobre piedras, niñas juegan en el mar con flotadores, un señor pesca con su hijo. Al lado está un puerto que utilizan mayoritariamente indígenas, y una estación de gasolina para barcos en la que no encaja ningún poblador de los que veo, que se ganan la vida entre las tiendas de los chinos que venden alimentos, botas y machetes.


En Rambala, cerca del puerto, está una casa del diputado. La más ostentosa del barrio, pero no es una mansión. Es una residencia de una planta, con un jardín que cuida un familiar. No la visita desde el Día de la Madre. Cuando el diputado está aquí —dijo un amigo de Robinson— los bocatoreños necesitados lo visitan. Les escucha como un terapeuta, con tranquilidad y amabilidad, a veces, hasta el amanecer, y remedia sus necesidades del instante: paga la gasolina para llevar un familiar fallecido a una comunidad, contacta a un ministro para que se acuerde de sus escuelas, patrocina una liga de softbol de jubilados, paga comida a familias con hambre. Desde que ganó en esas elecciones parciales, paga la fiesta de las madres más recordada de la historia de la provincia. Regala lavanderías, estufas, colchones a todas las asistentes. Antes de Benicio Robinson, los políticos les regalaban, a los pobres ngäbes y negros bocatoreños, mangos, espejos, papel higiénico y se robaban el dinero que recibía la comunidad para superar un terremoto. ‘Yo no sé qué haríamos sin Benicio', dice la directora de la escuela de Chiriquí Grande, Rosmery Gutiérrez. El plantel, que en este momento no tiene techo, iniciará el día del calendario sin retraso y tiene los materiales preparados para sus estudiantes.

‘Yo siempre voy a apoyar a Benicio hasta la muerte', dice Jacinta González, una amiga del diputado que creció con él cuando vivía en Isla Colón. Jacinta, en la isla, me enseñó una lavadora que recibió en la pasada fiesta de las madres. Detrás de ella había una barriada de casas de madera, construida sobre aguas negras.

Benicio Robinson —según su adversario político y judicial Abdiel Santiago— era un traficante de tortugas antes de ser político. Un comerciante ecuatoriano de Bocas del Toro, Manuel Mendoza, le contó que durante el régimen militar se requería nombrar con urgencia al director del Banco de Desarrollo Agropecuario en Chiriquí Grande. Como no habían candidatos, Mendoza y unos amigos del PRD le dijeron a Benicio. Según Santiago, Robinson recibió la noticia donde nacen en masa las tortugas. El diputado le arrancaba el caparazón de carey a una de ellas.

Con el tiempo, fue director del BDA en la provincia. En aquella época entraría en contacto con productores de cacao, de plátano, con indígenas, con sus problemas y sus anhelos. El niño de la comarca, que vivió en Isla Colón, que estudió en la escuela República de Nicaragua, el portero de la calle sexta, el hijo de la maestra Elia, se convertiría con los años en su líder político. Ahora es un empresario poderoso en su provincia, dirige la millonaria Federación de Béisbol de Panamá, el colectivo político con más inscritos en el país, la comisión de presupuesto de la Asamblea Nacional, donde se deciden los números de una de las economías más prósperas del continente, y tiene otra casa, pero de montaña, cerca a Changuinola, en un resort , con gazebo, jardín y piscina. Aquí atiende a los bocatoreños, y a sus amigos políticos, y observa la isla donde pasó su niñez y parte de su adolescencia, donde veía la televisión de la vecina, tal cual los mendigos lo hacen en los comercios en las ciudades, en la orilla de la calle.

Unos jóvenes me llevan al potrero donde estaría el ombligo del diputado. Unas vacas domesticadas nos acompañan. Entre unos árboles está una pequeña escalera de cemento de dos plantas. ‘Aquí vivía (Robinson)', dice uno de los jóvenes. Esa escalera posiblemente fue la entrada, en algún momento, a una letrina. Los tablones que eran su casa se los llevaron. Al volver, César Castillo, un abuelo ngäbe, custodio de los terrenos, dijo molesto que Robinson se olvidó de todos ellos. ‘Se fue y más nunca volvió'. Algo parecido escuché en Bisira, un pueblo vecino, un día antes, en un restaurante, de la voz de un lanchero. ‘Jamás volvió'. Esa tarde, en el caserón de madera donde vive el señor Castillo, con su numerosa familia, dijeron que tienen poca comida, que no hay trabajo remunerado, que no tienen calle, ni luz, ni agua, y que no les importa que tengan sembrado el ombligo del diputado en el patio.

El diputado estaría atravesando una crisis en su territorio político. ‘Sacó menos votos en las primarias esta vez', dice su adversario político Abdiel Santiago. El día que visité su casa con piscina, un joven sin estudios, que reparaba unas tuberías en el resort donde está la casa del diputado, dijo que estaba molesto con Robinson porque conocía la denuncia de los costosos bates de béisbol que compró para la comarca que nunca llegaron, que publicó la periodista Mari Trini Zea. Un allegado del diputado cree, sin embargo, que repetirá.

Un atardecer, en las riberas del río Cricamola, un maestro indígena recordaría la prosperidad. Sus padres y sus hermanos regresaban de las giras políticas del diputado con dinero. ‘Eso hace 20 años', dijo. Era la forma —y lo es todavía— de sobrevivir para muchos en la nación miserable. Antes de sumergirse en el río para ducharse, preguntó: ‘¿Si uno te da cien y otro cinco, con cuál te quedas?'.

DIRECTOR EDITORIAL DESCARRIADA

FUENTE: Víctor A. Mojica - La Estrella
 

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