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lunes, 23 de mayo de 2022

A comer Mcputin (+Opinión)

Por: Daniel Samper Pizano - En el verano de 1957 Gabriel García Márquez recorrió el trasfondo de la Cortina de Hierro y publicó en Cromos una serie de reportajes sobre aquel viaje de noventa días. Tres crónicas estaban dedicadas a la antigua Unión Soviética y una de las tres llevaba un título memorable: “URSS: 22.400.000 kilómetros cuadrados sin un solo aviso de Coca-Cola”. La sensación que captó Gabo y transmitió a sus lectores era la de un consorcio de países variopinto, grandilocuente y enorme: dos veces Europa y diecinueve la extensión de Colombia, pero aislado y atrasado.

En los últimos meses Rusia (que ocupa 17 de los 22 millones) acaba de comprar un tiquete, quizás sin regreso, hacia aquella era. Sumado a las sanciones políticas, económicas y militares, se trata de un castigo cultural y comercial. Del país se están yendo muchas empresas y actividades que, como fruto del imperio capitalista occidental, y sobre todo norteamericano, definen las coordenadas de nuestro tiempo. Gústenos o no, ciertas marcas y consumos son parte del mundo popular contemporáneo.

El mosaico de empresas que abandonaron o abandonarán el mercado ruso como protesta por la criminal invasión de Ucrania representa mucho más que un álbum de logotipos. Es la telaraña de la sociedad contemporánea: consumista, avasalladora, mercantilista, esclavizante, lo que ustedes quieran, pero notable ADN de la época en que vivimos. Tanto así, que hasta China y la URSS tuvieron que incorporar estos productos y servicios a su economía y su sociedad y, además, proclamarlo: a eso se refiere GGM al mencionar la ausencia de anuncios, una forma de anonimato. Comer en bluyines y tenis una hamburguesa famosa acompañada por una gaseosa célebre constituye un carné universal.

El país que no lo haga se aísla o da un volantín hacia atrás en el tiempo. Los consumos globales son parte de la identidad ciudadana, sobre todo la de los jóvenes. Incluyo a los grandes espectáculos deportivos y musicales, que ya expulsaron a Rusia de su seno: ni Copa Mundo, ni vueltas ciclísticas internacionales, ni Eurovisión, ni grandes conciertos de rock, ni poderosas marcas de computadores o celulares, ni pizzerías ubicuas, ni cafeterías renombradas. Los rusos tendrán que acudir a materiales de segunda mano, a la falsificación o a la imitación, tres caminos culebreros. Cuando Cuba intentó producir un sustituto de la Coca-Cola, el Che Guevara probó el menjurje, lo escupió y dictó sentencia: “Sabe a cucaracha...”.

En la mayoría de los casos, condenar a Rusia fue al principio una mera declaración. Pero surgió de pronto el nuevo evangelio. Jeffrey Sonnenfeld, profesor de Administración Empresarial de la Universidad de Yale (Estados Unidos), decidió publicar una lista de firmas occidentales que habían cancelado negocios en Rusia por solidaridad con Ucrania. La primera versión apareció el 28 de febrero; contenía unas pocas docenas de nombres. Pero en breve lapso el número aumentó y a la lista blanca se sumó otra: la de las compañías que seguían muy orondas ganando plata en Rusia mientras el gobierno moscovita bombardeaba a su vecino. El efecto de la lista negra fue devastador. Ninguna empresa quería figurar en esta nefasta hoja e irritar a su clientela en Estados Unidos, Europa y parte del mundo. Así, lo que no pudo la solidaridad lo logró el temor a la mala imagen. ->>Vea más...
 
FUENTE: Artículo de Opinión – Los Danieles
 

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