domingo, 16 de julio de 2017

(España) Lo único que no han conseguido copiar los chinos a los españoles: tapones de corcho

Lo han intentado pero no han podido. China es una fábrica de copiar todo aquello que tiene éxito pero en nuestros tapones de corcho han encontrado una barrera infranqueable. Los alcornoques chinos no tienen las mismas características que los nuestros y su corcho, presente en el mercado, aparece en otros productos, como el corcho que tienes en casa para colgar tus notas con chinchetas o revestimientos de pelotas de badminton. El mercado de tapones de vino, champán y cava es nuestro y de Portugal. “China nunca ha sido una amenaza, siempre han estado lejos de las propiedades de nuestro corcho”, certifica Joan Puig, presidente de la Asociación de Empresarios Corcheros en Cataluña.

La península ibérica es puntera en la fabricación de tapones. Portugal y España producen el 80% del total mundial –50% y 30%, respectivamente–. También Marruecos, Argelia y Túnez, aunque entre los tres apenas suponen un 14%. Le sigue Italia y Francia con un residual 3% y 2,6%, respectivamente, según datos de FAO de 2010. Nuestro país exporta más del 50% de lo que produce. Los destinatarios son Francia, EEUU o Australia.

En los años 50 España, y concretamente Girona, era el rey del corcho. Lo producíamos todo pero fuimos destronados por el reino portugués y, concretamente, por Américo Amorim, que fallecía esta semana. Era el hombre más rico de Portugal y dueño del grupo que lidera la producción mundial del corcho gracias, también, a que compró empresas españolas. Aparte de Amorim, ¿hay otro secreto de la industria portuguesa? El apoyo institucional para vender el producto y adquirir mayor prestigio internacional.

“El apoyo de los organismo públicos portugueses al sector es total”, explica Puig desde la patronal catalana. “Los políticos van a Bruselas a explicar el beneficio de este tipo de producto. Nosotros vamos a la UE y nuestros políticos no nos acompañan. Nos falta apoyo”. A eso hay que añadir, según cuenta el presidente de la asociación de empresarios, los costes de la mano de obra, que son un 30-35% más baratos en el país vecino.

Albert Hereu, director del Instituto Catalán del Corcho, también se queja de la falta de apoyo del Gobierno. “Demandamos ayudas para el control de plagas, por ejemplo”. Los alcornoques sufren la llamada culebrilla del corcho que hace inservible la materia prima para hacer tapones y que ha aumentado su presencia, dicen, por el cambio climático: “Menos lluvias implica menor crecimiento de los árboles a los que les atacan más plagas”, apunta Hereu. “Tenemos que poner dinero nosotros o tirar de fondos de la Unión Europea. No hay más”.

La patronal va más allá. “Creo que deberíamos reclamar ayudas forestales ligadas a resultados, es decir, que las ayudas sirvan para poner más materia prima y de mejor calidad en el mercado”. A nivel industrial, las ayudas, explica la industria, servirían para desarrollar productos innovadores y desarrollar procesos de producción nuevos. “Hay comunidades autónomas con preferencia en los fondos europeos y Cataluña no la tiene. Nos sentimos desamparados como industria”.

Este sector genera una facturación 350 millones de euros al año y produce unos 1.900 millones de tapones destinados al vino, cava y champán. En total existen unas 150 empresas que dan trabajo directo a 2.000 personas –3.000 cuando se produce la llamada ‘saca’ del corcho, cuando se extrae la materia prima del árbol–.

En Girona hay 25 empresas, 5 de las cuales tienen más de 100 años y el resto, no menos de 50. Pero no se crean nuevas dada la gran inversión inicial en maquinaria y el alto coste de materia prima. El 60% del total de coste se lo lleva esta parte. La materia prima es cara porque para que un alcornoque dé un corcho de buena calidad deben pasar, mínimo, 30 años. Solo se puede retirar el corcho cada 12 años, y las dos primeras ‘sacas’ no sirven para los tapones. “Es verdad que cuesta crear industria nueva pero, si queremos que la economía no depende exclusivamente del turismo, hay que dar ayudas para poder invertir”, reflexiona el presidente de la patronal.

Este negocio va ligado directamente a la consumición de vino y champán. Si hay más consumo, más tapones que vender; si no, hay que apretarse el cinturón. Las previsiones globales son que hasta 2020 ese consumo aumente un 2% por la fuerte demanda del continente asiático y africano.

Pero cuando llegó la crisis, la gente dejó de salir a cenar y de comprar vino para casa. “En abril de 2008 las ventas cayeron un 48%”, apunta Puig. Así que muchas empresas decidieron realizar una inversión para racionalizar la producción, “algo que solo pudieron hacer quienes tenían un músculo financiero detrás de los diez años anteriores. Quien no hizo esa inversión se quedó por el camino y las grandes absorbieron a las pequeñas”.

Hoy entrar a una empresa de fabricación de corchos es ver más máquinas que trabajadores. Máquina que saca el corcho de la plancha del árbol, que clasifica el producto para desechar el imperfecto con rayos X, que limpian y desinfectan o que marcan el corcho mediante tecnología láser. “Evidentemente con el cambio tecnológico se han perdido puestos de trabajo, como en todas las industrias que han decidido invertir en tecnología, pero eso ha supuesto también que haya cambiado el perfil de nuestros trabajadores. Ahora tenemos muchos licenciados en los procesos, como biólogos en los laboratorios que controlan nuestra calidad”.

Si China no es competencia, tampoco los tapones alternativos de plástico o aluminio. Cuando salieron al mercado sí supuso un golpe pero duró poco porque diferentes estudios demostraron que los consumidores asociaban tapón de corcho a bebida de calidad. Hoy siguen presentes en el mercado pero no son competencia directa.

Corcho que absorbe CO2

“Debemos ser de las pocas industrias que cuanto más generamos y más producimos, más combatimos el cambio climático”. Esta afirmación es de Albert Hereu, presidente del Instituto Catalán del Corcho. Y es que este material retiene más CO2 del que emite y su adquisición no implica la tala de árboles.

La industria, que con la iniciativa Cork quiere comunicar los beneficios de este sector, explica que un bosque de alcornocales tiene la capacidad de fijar 6 toneladas de CO2 por hectárea al año; los bosques de alcornocales del Mediterráneo suponen 14 millones de toneladas según un estudio de la Escuela de Agricultura de Lisboa.

Según otro estudio de Pricewaterhouse Coopers, un tapón de corcho fija 112 gramos de CO2.

Todo el polvo y desechos que genera la industria para fabricar los diferentes tapones se utilizan para otros productos destinados a la construcción o para generar biomasa, combustible para que las máquinas sigan funcionando.

El único escalón que le queda al corcho es el reciclaje. Los empresarios catalanes están intentando que se coloquen cubos de reciclaje en tiendas de vino y centros comerciales para recogerlos. Podrían volver a ser utilizados como biomasa.

FUENTE: Con información de http://www.elconfidencial.com