lunes, 4 de septiembre de 2017

(España) Una pirámide para enterrar a Franco: historia oculta de un proyecto maldito

Toda buena historia debe tener un buen arranque, y la de la pirámide franquista del arquitecto Luis Moya (Madrid, 1904-1990) lo tiene: “Dos personas se encuentran en un momento de caos (diciembre de 1936). Son un escultor y un arquitecto. En febrero de 1937 se agrega un militar. Sienten la necesidad de combatir de un modo espiritual por un orden. También, de disciplinar la mente en un momento tan fácil de perderla. Y además, de hacerse un refugio interior donde pueda sobrevivir el pensamiento por encima del medio (El Madrid rojo)”.

Así empezaba el artículo publicado por Moya en ‘Vértice’, revista nacional de la Falange, en 1940. Moya pasó la Guerra Civil recluido en una embajada madrileña. Junto al escultor Manuel Laviada y al Vizconde de Uzqueta, el arquitecto mató los días diseñando uno de los proyectos más insólitos, malditos y excesivos de la arquitectura española del siglo XX, ‘Sueño arquitectónico para la exaltación nacional’, nada más y nada menos que un monumental complejo funerario -ciudadela, arco del triunfo y pirámide- para celebrar la futura victoria franquista y honrar a los muertos de la cruzada. Un Valle de los Caídos antes del Valle de los Caídos, con una pequeña gran diferencia: la pirámide de Moya debía construirse en pleno Madrid, en “el cerro que se extiende entre el cementerio de San Martín y el Hospital Clínico, lugar de los más altos dentro de la capital”, definió el arquitecto.
Hablamos del distrito de Chamberí, donde ahora están el Tribunal Constitucional o el Estadio de Vallehermoso, pero que a finales de los años treinta era una sucesión de solares y descampados.
“El carácter abstracto del ‘Sueño’ no le impide pensar en su situación concreta: un sector al borde norte del ensanche de Arguelles -terrenos entonces no construidos- al que el proyecto pretende dar límite mediante un centro institucional y simbólico… El acuerdo con la topografía real, el estudio de las circulaciones de coches dispuestas a distintos niveles, los aparcamientos, la definición constructiva de la pirámide como si realmente fuera a realizarse, muestran el interés de competir con lo moderno en la voluntad de servicio y en demostrar el realismo de lo que, sólo aparentemente, se percibe como utopía”, escribió Antón Capitel en su tesis doctoral ’La arquitectura de Luis Moya Blanco’, dirigida por Rafael Moneo en 1976.

“Es un sueño perfectamente razonado, llegando hasta el más mínimo detalle. No se ha escatimado tiempo ni esfuerzo; ambos sobraban”, aseguró Luis Moya.
Imaginarse a Franco o a José Antonio enterrados en una pirámide, como un faraón o un dios inca pagano cualquiera, rompe los esquemas, pero Moya creía que el monumento no era ajeno a la tradición española. “En el siglo de oro se habla de ‘pirámides y obeliscos’: Herrera los hace en El Escorial como remates”, razonó el arquitecto, que también encontró rastros de pirámides en los trabajos de Goya y en el Monumento a los Héroes del Dos de Mayo, “pensado como pirámide y realizado como obelisco”, escribió el arquitecto, que años antes había visitado las pirámides de Teotihuacán en México.
La pirámide de Moya, que debía construirse en hormigón, guardaba dos sorpresas en su interior: una cripta y un monumento. “La pirámide tiene la misma forma dentro y fuera. La iluminación por medios puntos, bocas de nichos. La cripta se abre hacia la basílica superior por el centro y por los bordes; del centro sale como una llama... Y en el fondo, en el centro, el Sepulcro, no de un democrático soldado desconocido, sino de un Héroe único”, razonó el autor, que quizá tenía en mente a José Antonio Primo de Rivera, ejecutado el 20 de noviembre de 1936. (PULSE AQUÍ PARA VER COMPLETO)

FUENTE: Con información de CARLOS PRIETO - https://www.elconfidencial.com