viernes, 17 de abril de 2020

(Colombia) Pecar, rezar. Respirar, agradecer (+Opinión)

Por Adriana Arjona - La humanidad está detenida frente a algo que no entiende. Porque, en realidad, nadie sabe con certeza qué está pasando ni cuándo va a terminar, si acaso va a terminar, si esto es el fin de todo como lo conocemos, o incluso el fin de todo y de todos.

Lo que sí se sabe es que, en un país como Colombia, unos y otros estamos viviendo la misma realidad de manera completamente diferente porque un enorme abismo nos separa.

En un país pobre, como el nuestro, donde más del 48% de los trabajadores hace parte de la informalidad laboral, es difícil pedirle a la gente que se quede en casa. Son demasiados los que viven del diario. Son muchos los que no pueden comprar provisiones para varios días, nunca han tenido esa clase de dinero. En los casos más extremos, lo que vale un Rappifavor es lo que algunos pagan por una noche en una pieza sin cocina y con baño compartido. De ese tamaño es el abismo que nos separa.

En momentos como el que vivimos, las diferencias económicas se hacen evidentes y parecen aún más grotescas de lo que siempre han sido. Mientras unos tenemos la posibilidad de aislarnos en la comodidad de nuestros hogares, donde nada falta, existen otros que, por mucho que quieran, no pueden cumplir con el aislamiento porque en casa se oye el estridente alarido de los hijos que lloran de hambre.

Los que han sido padres saben lo que es oír a un niño llorando de hambre. Es un sonido que duele. Parte en dos, en tres, en mil pedazos. Tener la teta es, para una madre, ese tesoro del cual sale la mágica poción que detiene de manera inmediata el llanto de hambre, dolor o sueño. ¿Y cuando se acaba la teta? El llanto persiste y es cruel. Insoportable. Más aún si en una misma pieza conviven 4, 5, 6 o más personas. Ni lo imaginamos quienes tenemos la nevera llena. De ese tamaño es el abismo que nos separa.

Cuando tildamos de irresponsables a los que siguen saliendo, estamos olvidando que muchas personas no tienen opción. Saben que pueden contagiarse del virus, pero también saben que necesitan poner comida en la mesa. Una mesa en la que comen varios porque, a pesar de que la tasa de fecundidad ha disminuido en Colombia, las mujeres siguen teniendo en promedio dos hijos.

Las medidas que se están tomando en el país indican que ha funcionado la invitación a quedarse en casa. Invitación que ha terminado por convertirse en ley. Ley que se sanciona si no se cumple. Sin embargo, pasan cosas que refuerzan la idea de esa Colombia del Sagrado Corazón.

Viernes Santo. Noticias Caracol nos cuenta que en Sincelejo decidieron imponer unos cuantos Padres Nuestros y otros tantos Ave Marías, en lugar de un comparendo, a quienes no respetaran el aislamiento obligatorio durante la Semana Santa.

¿En serio? Me quedo viendo. El Capellán de la ciudad está en el retén, justo al lado del policía. El infractor se baja del carro, con tapabocas, eso sí, y en actitud sumisa confiesa su falta y acepta su penitencia. Reza. Después dice a cámara que sí, que se lo merece, que pecó, que estuvo mal. El Capellán lo absuelve ahí mismo, en el retén. Como si el tipo se hubiera confesado, queda libre de pecado. Puede irse en paz.

El noticiero hace un comentario jocoso y ya. ¿En serio? Con la Constitución de 1991 el Estado colombiano al fin dejó de ser confesional católico, y reconoció la igualdad y libertad de cultos. Como debe ser. Porque ninguno es mejor que otro. Y porque, supongo, la mayoría entendió que es peligroso e irresponsable mezclar la ley con la religión, cualquiera que ésta sea.

Sentí indignación al ver la noticia, la manera en que el noticiero la contaba, el tonito de chiste. Me dio la misma repulsión que me produce ver las notas sobre Trump, en las que muestran cómo le echa la culpa a todos. A los chinos. A los gobernadores. A la Organización Mundial de la Salud. A Obama.
¡Obama al fin hablo! A favor de Biden. ¿Quién hubiera dicho que a uno le terminaría pareciendo que está bien Biden? Con todo lo que está pasando en el mundo, y ya que no se pudo con Bernie Sanders, que llegue cualquiera a la presidencia de Estados Unidos. Homero Simpson. Lo que sea menos Trump. Trump y esa parranda de republicanos como los de Fox News, que lo defienden como si fuera Jesús, cuando es una especie un Poncio Pilatos, incapaz aceptar errores y asumir responsabilidades. De repente, no sé cómo, volví a la Semana Santa. Siento la cabeza como un libro de Virginia Wolf. En un incesante discurrir de la conciencia, la mente brincando de aquí para allá. Preguntando, contestando, criticando, juzgando, perdiendo la cordura, recobrándola para la reunión de trabajo por zoom.

Hace días no medito. Pongo la aplicación de Plum Village y elijo una meditación guiada de 36 minutos de Thich Nath Hanh. Puedo verlo con solo oírlo. !Cuánta calma! Respira, dice. Respira, repite. Respira. Respira. Respira.

Respiro y pienso en todas las personas que hoy no pueden respirar, en las que están conectadas a una máquina para poder inhalar y exhalar. Me siento agradecida de poder hacerlo por mis propios medios. Inhalo profundo, exhalo largo y lento, y comprendo que, como dice el monje vietnamita, cuando el aire llena mis pulmones es el momento más maravilloso del día.

Respiro y los que quiero también lo hacen. Doy gracias por eso también. Recuerdo a los que ya no respiran pero aún amo. Como mi abuelita, que siempre me decía: “Mi amor, no importa que usted no crea en Dios. Yo creo y rezo por las dos, así que no se preocupe”. De repente, la indignación por la penitencia de los Padres Nuestros y los Ave María en el retén de Sincelejo ya no me indigna. De hecho, siento una especie de envidia por aquellos que tienen fe. Siento celos de los que creen ciegamente en un dios, de todos los que conservan la esperanza de que rezando pueden mantener alejado el mal, el virus, el ventilador, el miedo, el desempleo, las dificultades, el llanto de los niños con hambre. Ojalá que los rezos de todos ellos, sea cual sea su religión, sirvan y puedan protegernos a todos, incluso a los que no creemos. Que los que creen, crean y recen por todos nosotros, como lo hacía Tita conmigo. Que recen por la gente que amo y la que no también, por los que pueden pedir Rappifavores y, sobre todo, por los que se ven obligados a salir porque sus hijos lloran de hambre. Yo seguiré respirando y agradeciendo.

FUENTE: Artículo de Opinión - lanuevaprensa.com.co
 

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