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domingo, 23 de enero de 2022

(Colombia) A Dios rogando y contratos dando (+Opinión)

Por: Daniel Samper Pizano -
La mano de Dios se ha metido de lleno en el Estado colombiano, y no propiamente para bendecir a los ciudadanos sino para otorgar beneficios económicos. Cuando uno ve el desparpajo con que la pareja de Andrés Mayorquín y Karen Vaquiro —él desde la presidencia de la República y ella desde una empresa fabricada a propósito— logra contratos multimillonarios con entidades públicas, se pregunta si son acaso excelentes profesionales que han vencido en juego limpio. La respuesta es: no. El mensaje al alcalde de Cartagena en que Mayorquín recomendaba a su esposa para la adjudicación de un contrato contiene catorce faltas de ortografía o gramática en solo 68 palabras. Una profesora de Español a quien mostré el mensaje afirma que “un niño de doce años habría perdido la materia si presenta esto como examen”. Sus hojas de vida tampoco impresionan: en este país a nadie se le niega un diploma.

¿Cómo logró un personaje con tan precaria preparación convertirse en alto funcionario de la presidencia? La respuesta llega de lo Alto. Mayorquín y señora son producto de una red de empleados públicos que proceden del poder político de Iglesias cristianas y sostenemos los laicos con nuestros impuestos. En el caso de Mayorquín, entró a trabajar al Congreso bajo el ala de un senador que reunía la doble condición de líder uribista y pastor de la Misión Carismática Internacional, empresa teológica de la familia Castellanos. De allí saltó a la Misión de las Naciones, cuyo profeta es el caleño John Milton Rodríguez. Apoyado en la fe en Dios y, sobre todo en las palancas de Rodríguez, el devoto cristiano pasó a la Casa de Nariño como asesor de María Paula Correa, la que mangonea en esos predios. 

No es, por supuesto, el primer monaguillo que ingresa a la burocracia. Ya un gobernador del Valle había acomodado una fuerte cuota religiosa en su gabinete y el gobierno de Uribe, tan beato en tantos credos, tuvo como embajadora en el Brasil a la avispada obispa Claudia de Castellanos. Su pésima gestión hizo historia. Duró menos de un año y se dedicó a menesteres pastorales. 

Al igual que en otras naciones de América Latina, las Iglesias cristianas revelan constante avance en Colombia. Eran una manotada en 1950 y hoy están inscritas 6.000, algunas de ellas con sede en garajes y peluquerías. Según estudio de William Mauricio Beltrán, en 1973 oraban 120.000 protestantes; hoy son más de seis millones. Su poder político progresa a ritmo menor que su expansión entre el pueblo, pero cada vez cuentan más para coaliciones. En el Congreso que se elegirá este año aspiran a tener entre nueve y doce senadores. Además, han penetrado hondamente en el mundo del deporte; numerosos futbolistas y atletas realizan ostentosos gestos de veneración religiosa y, aleccionados, agradecen al Señor por sus triunfos. (No he logrado saber ante qué deidad debe quejarse el que pierde). La televisión y la simpatía popular de los deportistas ensamblan una maquinaria publicitaria divina que ayuda a llegar al cielo… y al poder terrenal en forma de puestos, contratos, ayudas económicas y curules.

Durante casi dos siglos Colombia padeció el yugo del Partido Conservador y la Iglesia católica. Pagamos con décadas de atraso social la prepotencia de estas dos fuerzas regresivas. Sin embargo, y salvo las promesas de gozar del Más Allá, el auge de otros credos no ha representado una mejoría para los pobres y oprimidos. Los agrupa, pero no los redime. Sostiene el analista político Ariel Ávila: “Los pastores decían que combatirían la corrupción o la política tradicional, pero en la realidad hacían exactamente lo mismo”. ->>Vea más...
 
FUENTE: Artículo de Opinión – Los Danieles
 

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