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martes, 12 de abril de 2022

(Colombia) Irse a ver ballenas es… (+Opinión)

Por: Daniel Samper Ospina -
Comienzan los días más angustiosos del año: la Semana Santa, una suerte de vacaciones forzosas en que recibo todo tipo de presiones de mi esposa para que la familia se sacuda de la rutina urbana y se vaya a algún lugar.

El año pasado tuve que someterme a un paseo de playa. Todavía hoy, doce meses después, siento las ingles pegajosas de arena y cada noche me pongo emplastes de leche de magnesia en los hombros, porque llegaron tan ardidos como los votantes de Carlos Negret cuando se enteraron de que adhirió a la campaña de Fico: ¿es en serio? ¿De verdad se unirá a la campaña de Uribe?  ¿No resulta contradictorio? ¿Esa es la paz de Santos?

El asunto es que todavía paso las noches sin conciliar el sueño porque las ronchas de los muslos me lo impiden, y amanezco sobresaltado con la idea de que los granos de arena aún se acumulan entre las medias y las sandalias, o incluso al fondo del canguro donde llevaba los billetes para el masaje y la fruta.

Hace quince días, en pleno desayuno, mi esposa soltó ante toda la familia el proyecto de un nuevo viaje.

—¿Y si esta Semana Santa nos vamos a ver ballenas al Pacífico? —indagó, como quien legaliza una idea.
—Sobre mi cadáver —le advertí—: la última vez que me metí al mar me persiguieron cientos de aguamalas furiosas; parecían motociclistas en paro… 
—Es uno de los planes más bonitos que se pueden hacer en Colombia —insistió. 
—Para ver ballenas basta con que me pare frente al espejo —le dije.

Hay vacaciones que necesitan vacaciones: vacaciones de las cuales uno regresa más cansado de lo que se fue. En la juventud, ningún plan resultaba tan agotador como alquilar una finca con amigos: el exceso etílico, el Tang con sánduches como gran recurso gastronómico, las bajadas al pueblo a comprar paletas y el regreso en el trancón sideral del lunes festivo, a las ocho de la noche, resultaban torturas aplastantes para cualquier organismo humano. Ni hablar del descanso en ecohabs, aquellos centros hoteleros de alto costo en que uno paga por cabañas hechas de cáñamo, que no traen televisor ni minibar, en los cuales venden como privilegio la precariedad: la falta de aire acondicionado, de energía. De acueducto. 

O la antesala al infierno que es el viaje a Disney a hacer filas, del cual uno regresa quebrado y tan irascible como el Pato Donald. Por no mencionar el citytour por Europa en que uno quema todos sus ahorros para someterse a una disciplina militar, con exigentes horarios desde la madrugada, cuyo propósito es visitar el máximo de ciudades en el menor tiempo posible: si uno no se guía por el programa, no sabe qué conoció. 

—Hoy es martes en la tarde: debemos de estar en Budapest.

Pero ninguna se asemeja al celebrado paseo de avistamiento de ballenas en que uno se somete a horas de marea —y de mareo: viva el lenguaje excluyente— para ser víctima en todo su esplendor de la ley de Murphy: porque las ballenas únicamente aparecen en el sector que uno, en ese momento, no observa: donde uno divisa, en cambio, indefectiblemente siempre está Sergio Fajardo, con los ojos entrecerrados.

No me gusta ser cachaco. Habría dado la vida entera por tener el ritmo, si no de la esposa de Petro, al menos de Zuluaguita cuando echa ambientador por toda su casa o baja unas escaleras eléctricas. Y sin duda el peor momento para ostentar mi triste condición de nativo bogotano es cuando visito cualquier litoral, el Atlántico o el Pacífico, porque entonces sale a flote el hombre de altiplano que por desgracia soy: el dueño de unos muslos tan blancos como lo fue mi voto en el 2018, cuyos tobillos, por la retención de líquidos, padecen de una hinchazón tan grotesca como la de Fico Gutiérrez en las encuestas. 

Por eso tenía claro que esta vez no podía claudicar. 

—Este año no nos iremos a ver ballenas —dije tajante, a riesgo de sonar como petrista.
—¿Y entonces? —se quejó mi hija mayor.
—No sé: nos quedamos en Bogotá. Vamos a ver monumentos el Jueves Santo, así sea el monumento de Los Héroes.
—Ya no existen el monumento de Los Héroes —advirtió mi esposa.
—Entones nos quedamos rezando. 
—¿No vamos a salir? —hizo un puchero la menor.
—No —rezongué—: de ninguna manera. Mucho menos a la playa. 
—¿Y entonces? —insistió la mayor.
—Entonces nada: nos quedamos mirando la película que pasen sobre la vida de Jesús —le advertí.
—¿Para que te duermas como la vez que la pusimos? —renegó la mayor.
—No me dormí. Pero no me cuentes el final. ->>Vea más...
 
FUENTE: Artículo de Opinión – Los Danieles
 

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