miércoles, 23 de mayo de 2018

(España) Lujo, casoplón, 'anticapi': diccionario de autodestrucción de la izquierda (+Opinión)

Por: Alberto Olmos - Hace no mucho, alguien en Loewe tuvo la idea de afearle a la Real Academia de la Lengua la definición que daba de 'lujo' en su diccionario. Concretamente, no le parecía bien a la firma que el lujo fuera aireado como la “abundancia de cosas no necesarias”. Por desgracia, la gente de Loewe no aportaba una definición alternativa. Admitamos que esta definición mejorada es difícil de lograr, pues el lujo no puede en modo alguno ser necesario ni cotidiano, tampoco común. Los 'caprichitos', tan tiernos, se tienen porque alguien —una mayoría— nos los tiene, y porque tú mismo no te los das cada fin de semana. A lo mejor querían solo eso, los de Loewe, que el DRAE, en su entrada LUJO, dijera sin más: “Caprichito”.

Precisamente en los diarios de Léon Bloy se establece que la pobreza es la falta de lo necesario, mientras que la miseria es la falta de lo imprescindible. Hoy es necesario un teléfono móvil para cada miembro de la familia, y a mí me sorprende que nadie se dé cuenta de que, si no vivimos mejor que hace 30 años, al menos sale mucho más caro no ser pobre. Valga entonces que todo es necesario, el móvil, las vacaciones, Netflix, tantas cosas que en los años noventa sonaban burguesas. La pregunta es: ¿a qué precio son necesarias?

Progres y 'anticapis'
Les confieso que si hay algo que ha vertebrado mi rudimentaria condición política, es el odio al progre. Cada uno tiene sus fobias más o menos recreativas. Últimamente va ganando terreno otro apócope sonrojante: 'anticapi'. Calculen la frivolidad que hace falta reunir para ser capaz de definirse a sí mismo como 'anticapi' mientras hay gente que va a trabajar todos los días para dar de comer a sus hijos. Cuando oigo 'comunista', tengo sensaciones más sobrias, algo rancias también, pero más acechantes. Un progre o un 'anticapi' no son nunca un peligro para nadie, pues constituyen la escayola de la política.

El progre, como el 'anticapi', suele ser rico, si entendemos como rico no saber lo que es tener miedo. El dinero es lo único que nos quita todos los miedos, como el miedo a que te multen por aparcar mal, el pavor a ir a juicio o el terror a hacer de verdad una revolución. Por eso las revoluciones solo triunfan cuando las hace la gente que tiene miedo.

Ser rico y de izquierdas es difícil, ya lo sé; pero ser pijo y de izquierdas es imposible. El pijo es un rico que quiere que lo sepas, que quiere apartarte de su lado mediante la ofensa de su ostentación. Solo el lujo delata quién tiene dinero, y a ello se debe que haya tanto impostor a lo largo de la historia vendiendo una falsa prosperidad, porque esa apariencia adinerada abre muchas puertas.

Siempre ha habido Derechas e Izquierdas, y a la hora que es (43 años me contemplan), entiendo legítima cualquiera de las dos posiciones. Pero solo en la izquierda se ha dado regularmente la travesura, el intrusismo en los cuadros de mando, diríamos. Durante un tiempo, se la llamó izquierda caviar o 'gauche divine'. Ahora pueden llamarla Izquierda Nueva Zelanda. Es esa gente que no está a la altura del dolor del que hablan.

Casoplón
Es normal por tanto que la noticia de la casa que se han comprado Pablo Iglesias e Irene Montero haya gustado mucho a la derecha. Simplemente, viene a darles la razón. Puedes hacer lo que quieras con tu tiempo en la Tierra si es legal, incluido vivir mil veces mejor que aquel que vive peor que nadie. No es asunto tuyo que una persona no sepa montárselo. Esta autoindulgencia al calor de la libertad es, en esencia, la derecha.

Sin embargo, para la buena gente de izquierdas, lo del 'casoplón' ha sido devastador. Creo que esa es la palabra justa: devastador.

La pareja de líderes de Podemos no se ha comprado una casa: se ha dado un capricho. Es decir, ha claudicado ante el lujo Loewe sin el cual todos seríamos menos pobres. El lujo es la práctica activa de la distancia social, y un líder de izquierdas —por dios santo— no puede ser quien exponga con sus bienes cuán sangrante es esa distancia.

Es curioso que tanto pensador, tanto catedrático en Podemos y tanto rojillo de tertulia no hayan comprendido aún de qué va esto del capitalismo. No va, desde luego, de empresarios explotando a los trabajadores. Si se tratara de eso, habrían presenciado ustedes alguna vez en su vida una revolución con sangre. ¿Han presenciado alguna vez en su vida una revolución con sangre? De lo que va el capitalismo, amigos, es de sueños.

La mayoría de la gente quiere tener lo que la mayoría de la gente no puede tener: ese es el sueño. Por eso a todos nos gusta de vez en cuando el capitalismo, porque hasta el más bondadoso se olvida alguna vez de los demás y se deja ir. Ay, una buena casa. Ay, Loewe.

El común de los mortales no puede tener un chalé en La Navata o un iPhone siquiera, y es esencial que no puedan tenerlo, porque si todos tuviéramos un iPhone, ¿cómo sabríamos que vivimos bien? En el capitalismo no existe el 'vivir bien', solo existe el 'vivir mejor'.

Por eso, cuando un político de 'auténtica izquierda' o un periodista 'de clase obrera' no solo compran, sino que además se vanaglorian de sus chalés o sus teléfonos, validan instantáneamente el sistema onírico del capital. Me parece respetable conducirse por la vida con eslóganes como 'Porque yo lo valgo' o 'Me lo he ganado', pero quizá ser de izquierdas tiene más que ver con preguntarse: “¿Quién se queda atrás?”. Si realmente te importa que alguien se quede atrás, no puedes contribuir a que se quede aún más atrás; no puedes interpelarle desde dentro de sus propios sueños imposibles.

Oportunidades
“Cuando gané mi primer millón de pesetas, dejé de decir que era comunista”, afirmó Paco de Lucía. Comparen esta actitud con la de un Ramón Espinar que es capaz de decir “somos los hijos de los obreros” sin pudor alguno, porque no tiene ni idea de cuánto lucha la gente por dejar de serlo. Nadie sin nada que ocultar va por ahí diciendo: “Soy clase obrera”.

La gente —ay— no quiere ser gente; el pueblo no quiere ser pueblo: he ahí la paradoja. La izquierda es un desastre porque no entiende que nadie quiere votar al partido de los pobres, todos quieren votar al partido de los ricos; o sea, serlo. El rico que vota a Podemos abre su corazón, y de pronto vota para que otro no sea pobre. Por eso hay tanta profesión liberal en el electorado de Podemos —como antes en el de IU—, porque a veces, cuando nos va bien, pensamos en los demás.

Sin embargo, es más difícil que un pobre vote para que otro no sea pobre si no se le dan certezas de que no hay pobres —obreros, mileuristas, vallecanos, como quieran— mejores que otros. El capitalismo ofrece oportunidades que solo pueden aprovecharse individualmente. Puedes prosperar en la vida, puede tocarte la lotería, puedes robar: esas son las oportunidades. Iglesias y Montero han prosperado en la vida, eran al cabo pobres mejores que otros pobres; eran la gente, pero solo mientras no les saliera otra cosa.

Les salió otra cosa. Y su adhesión al lujo constituye un mensaje muy sencillo, singularmente letal para que una mayoría siga pensando en el bien de la mayoría: “Sálvate tú, no existe ningún nosotros”.

FUENTE: Artículo de Opinión -  Alberto Olmos - https://www.elconfidencial.com - (PULSE AQUÍ)
 

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