viernes, 1 de junio de 2018

(EE.UU.) El misterio Anna Delvey o cómo una rusa pobre de 26 años se codeó con la élite de NY

Es el 5 de julio de 2017, y una joven deambula por las calles de Manhattan buscando un techo bajo el que dormir, aunque nadie podría imaginarlo viendo la cara ropa deportiva de Alexander Wang que lleva. Es el comienzo de la decadencia de Anna Delvey, que durante el último lustro ha frecuentado los clubs más exclusivos de París, Berlín y, sobre todo, Nueva York, codeándose con artistas, inversores, empresarios y otras caras conocidas de la élite.
Se ha presentado en su hotel junto a Martin Shkreli, el antiguo CEO de la farmacéutica Turing Pharmaceuticals, ahora en la cárcel; viajó a Omaha a conocer a Warren Buffett y entre sus conocidos aparece Gabriel, uno de los hijos del arquitecto Santiago Calatrava. Se movía en un deslumbrante Tesla, daba propinas de 100 dólares y adquiría tratamientos de estética de miles de dólares.

Su fascinante historia ha sido recogida en dos largos artículos publicados en 'New York' y 'Vanity Fair' como una actualización para el siglo XXI de 'La hoguera de las vanidades', o más bien, como un 'El gran Gatsby' 'millennial' (salió mal). Que el artículo de 'Vanity Fair' haya sido escrito por una de sus antiguas amigas estafadas que precisamente trabajaba como fotógrafa en la revista dice mucho acerca de la capacidad de Delvey para penetrar en los círculos de poder, ganarse la confianza de sus miembros sin que nadie haga preguntas y tejer una red de favores económicos cuya profundidad es desconocida: se calcula como poco en 300.000 dólares, pero la cantidad puede ser mucho mayor. Su vida estaba llena de lujos que ya pagaría en algún momento indeterminado del futuro.

Como es obvio, Anna Delvey existió y no existió al mismo tiempo. Desde luego, nadie nació con ese nombre, pero sí lo hizo en 1991 un bebé ruso que recibió el nombre de Anna Sorokin. Sería la misma joven que 26 años más tarde lloraría desconsolada ante sus amigas a causa del titular que 'The New York Post' le había dedicado, que la definía como “una mujer de la alta sociedad arrestada por no pagar caras facturas de hoteles de lujo”. Lo que le dolía no era tanto que su rostro apareciese en el tabloide más popular de la Gran Manzana como las acusaciones de ser una estafadora. Ella, recuerda una y otra vez, era una dura trabajadora que tenía un plan perfecto.

¿A qué huele el dinero?
Delvey comienza a dar señales de vida en París año 2013, como becaria de la revista 'Purple'. Un artículo de Ten Days in Paris la introducía en una lista de “instagrammers que debes seguir”. Reaparece en Berlín, en 2015, el mismo año en el que llega a Nueva York. Todas las fuentes consultadas en los artículos coinciden: era alguien, pero nadie sabía muy bien quién. Según el momento y el lugar, podía pasar de ser una joven heredera de Colonia (a pesar de su extraño acento ruso) cuyo padre tenía una gran empresa de energías renovables a ser la hija de un multimillonario ruso que exportaba petróleo a Alemania. A nadie le importaba demasiado, al fin y a al cabo, muchos niños pijos del mundo son hijos de inversores de perfil bajo.

Como tantos veinteañeros que llegaban a la Gran Manzana, la cabeza de Delvey estaba llena de sueños. En su caso se trataba de una fundación, un “centro de artes visuales dedicado al arte contemporáneo”. No pensaba conformarse con cualquier cosa. Su punto de mira se centraba en 281 Park Avenue South, donde planeaba abrir un macrocomplejo con bar, club nocturno, galería de arte, restaurante y club privado. Poco a poco, Anna contactó con potenciales inversores gracias a los amigos que iba a haciendo; su oferta consistía en aportar 25 millones de dólares y recaudar otros 25, al menos hasta que descartó la financiación privada y se decantó por pedir un préstamo. En su cabeza, era el primer paso a una serie de establecimientos en Los Ángeles, Londres, Hong Kong o Dubái. Mientra tanto, vivía a todo trapo no se sabe muy bien con qué dinero gastando miles de dólares al mes.

Mientras ponía en marcha su negocio, Delvey comenzó a hacer amigas, que años después terminarían convirtiéndose en las fuentes que denunciaron a las autoridades sus particulares métodos. Se trata, por ejemplo, de Neff, la joven de 25 años que trabajaba en la recepción del 11 Howard –a 400 dólares la noche– y que terminó convirtiéndose en la confidente y compañera de manicura y masajes (pagaba Anna) de esa chica “de cara con forma de corazón y una mueca en sus labios”. También de una anónima entrenadora personal con la que viajó a Marruecos y que recibió a Delvey aquella noche veraniega en la que no tenía dónde caerse muerta. Fue precisamente ese día, después de que Anna la amenazase con hacer “algo” si no le daba cobijo después de que varios hoteles dejasen de fiarla –el 11 Howard le llegó a reclamar 30.000 dólares, gran parte en facturas de Le Coucou, su restaurante de lujo–, cuando comenzó a pensar que algo no encajaba en esa chica “que parecía que tenía prisa por quitarse el dinero de encima”.

Los signos eran evidentes desde hacía tiempo, pero nadie les hacía caso. Los testimonios de sus amigas ponen de manifiesto que no hay nada como comportarse de forma extravagante para que nadie sospeche de ti. Daban igual sus comentarios clasistas, que fuese una malhablada, las constantes peticiones a sus amigas para que les dejasen dormir en sus casas o que nunca devolviese el dinero que pedía prestado, como le ocurrió al coleccionista Michael Xufu Huang, que le pagó unos billetes de avión y nunca se lo devolvió. La conclusión solía ser que tenía tanto dinero que por eso no le daba importancia. Sin embargo, a sus amigas su actitud comenzaba a dolerles, especialmente en el bolsillo. Es lo que le pasó a Neff cuando tuvo que abonar una cuenta de 286 dólares porque no funcionaba ninguna de las tarjetas de crédito que la joven proporcionó al camarero del Sant Ambroeus.

Aún peor fue lo que le ocurrió a Rachel Williams, la fotógrafa de 'Vanity Fair', que terminó costeando la factura de 62.000 dólares del viaje al norte de África que realizaron en mayo de 2017 después, una vez más, de que las tarjetas de la joven no funcionasen. Fue ante las “kafkianas” respuestas que su supuesta amiga empleaba para no pagarle el dinero cuando comenzó a barruntar que en realidad había sido víctima de un timo, y así se lo hizo saber a su amiga la entrenadora. La investigación les llevó a descubrir que no eran las únicas a las que les había ocurrido algo parecido. Sin embargo, cuando las dos amigas se encararon con ella, Anna seguía aferrándose a su versión. Pronto, cuando obtuviese el préstamo, recuperarían su dinero.

No hace falta tener pasta para ser rico
Williams decidió ponerse en contacto con la oficina del fiscal del condado de Nueva York para comunicarles que sospechaba que era una estafadora. La respuesta no le sorprendió: ellos también lo pensaban. Era cuestión de días que Delvey fuese detenida, lo que ocurrió en Malibú acusada de seis cargos por hurto mayor y otros delitos como falsificación de documentos, por los cuales aún permanece en la cárcel, sin fianza. El esquema es tremendamente complejo e implica a grandes bancos de todo el mundo. Como anunciaba la propia fiscalía, la tal Anna Delvey había falsificado documentos de bancos para mostrar que su capital personal ascendía a 60 millones de dólares con el objetivo de conseguir un préstamo de 22 millones, una práctica que había repetido varias veces durante los dos años anteriores.

En realidad, Anna Delvey era Anna Sorokin, la hija de un camionero ruso que pasó su infancia en dicho país antes de mudarse en 2007 a Eschweiler, una pequeña ciudad a las afueras de Colonia. Siempre recibió el apoyo de su familia: en 2011 emigró a Londres para estudiar, lo dejó, se fue a Berlín donde trabajó como becaria en el departamento de moda de una firma de publicidad, aterrizó en París, consiguió unas prácticas en 'Purple' y el resto es historia. Lo que no queda tan claro es qué llevó exactamente a la joven a jugarse su vida por un sueño, aunque las palabras de sus padres a 'New York' dejan entrever que siempre lo vio como un paso obligado para llegar lejos: “Pagábamos su alquiler y demás. Nos aseguraba que era la mejor inversión que podíamos hacer”.

Algo semejante rememora su ex amiga Rachel Williams: “Anna me dijo que o sus planes funcionaban o todo iba a ir terriblemente mal”. Fue lo segundo. Para muchos, la moraleja de la historia será que no hay que engañar, mentir ni aprovecharse de los demás porque tarde o temprano lo terminas pagando. Otros preferirán centrarse en las decenas de amigos, colegas y conocidos que cayeron en la red de la joven sin sospechar quién era o de dónde venía. Eran los mismos que, años después, se preguntaban por qué precisamente ella, que no era ni especialmente guapa, ni simpática, ni agradable. Para Jessica Presler, la autora del responsable de 'New York', probablemente porque ella vio algo en Nueva York que nadie más había visto: un lugar donde “si distraes a la gente con objetos brillantes, grandes cantidades de dinero, cualquier signo de riqueza, si les muestras el dinero, serán incapaces de ver nada más”.

A Anna Sorokin le resultó fácil inventar a Anna Delvey: la clave no era la pasta, sino su talento. Algo que ha reconocido internet, donde abundan dos clases de mensajes. Un pequeño puñado le recriminan su comportamiento. Una mayoría más amplia exige una película de su vida, la aplaude o elogia su habilidad. “Que alguien convierta la historia de Anna Delvey en película y la veré 40 veces, tan solo pido que la llamen 'La loba de Wall Street'”, escribe un tuitero. “Anna Delvey es un buen ejemplo de todo lo que puedes conseguir cuando te sobrepones al síndrome del impostor”, añade otra. Pero quizá la mejor síntesis sea la siguiente: “Anna Delvey tiene un superpoder, y es darse cuenta de cuáles son las situaciones en las que los ricos pueden salirse con la suya y no pagar algo solo porque lo son”.

FUENTE: Con información de HÉCTOR G. BARNÉS - https://www.elconfidencial.com - (PULSE AQUÍ)
 

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