domingo, 3 de junio de 2018

(España) 'Pedro I, el Breve' renace otra vez de sus cenizas y alcanza la presidencia

Sus enemigos, y ha tenido muchos dentro y fuera de las filas del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), lo apodaron 'Pedro I, el Breve'. Lo llamaron así cuando la noche de las elecciones generales de diciembre de 2015, los sondeos a pie de urna le pronosticaban sin error uno de los peores resultados en la historia del partido. Dieron por hecho que dimitiría. Es lo que tiene Pedro Sánchez Pérez-Castejón (Madrid, 29 de febrero de 1972), que sus adversarios nunca han sido capaces de tomarle su verdadera medida. Hoy tiene un pie en La Moncloa como presidente del Gobierno de España gracias a la sentencia de Gürtel y la cerrazón de Mariano Rajoy. Y con sólo 84 diputados: "Sé que no va a ser fácil pero ¿qué otra opción tiene esta Cámara? La única es que usted dimita aquí y ahora si tanto quiere a este país".

Le ha ocurrido hasta a Mariano Rajoy. Lo despreció siempre, lo encomió cuando Sánchez se tragó todas sus palabras y apoyó al Gobierno en su cruzada más difícil contra los independentistas catalanes, respaldando sin fisuras el 155, y lo despidió este jueves dando por hecho que no podía ser presidente: "Usted no tiene una idea de país". Con esas credenciales, al grito indisimulado y dolorido de "traidor" desde la bancada popular del Congreso, Pedro Sánchez alcanza el mayor y más preciado trofeo político de su carrera: la presidencia del Gobierno de España sin pasar por las urnas y tras conseguir los peores resultados electorales en la historia del PSOE. Estaba en el momento justo y en el lugar exacto.

A Pedro Sánchez siempre lo dan por acabado mientras que él simplemente hiberna cogiendo fuerzas para el segundo asalto. Algunos dicen que es cuestión de suerte. Que Sánchez supera con creces "la baraka" que le atribuyeron a José Luis Rodríguez Zapatero. Quienes han trabajado con él, sin embargo, advierten de que "hay algo más": "Tiene una gran confianza en que lo puede conseguir". De su personalidad, sus colaboradores destacarían un rasgo, "su persistencia". Sus adversarios otro: "Su inconsistencia". Porque en ese personaje, creado o real, asoma siempre esa descripción del hombre obsesionado por llegar al poder a toda costa, capaz de los bandazos políticos más insospechados con tal de alcanzar ese objetivo. Él se sacude los estereotipos sin torcer el gesto. Es capaz de llevarse un año casi desaparecido, batido por Ciudadanos en las encuestas, y convertirse tras una audaz moción en presidente del Gobierno. "Pase lo que pase", repetían los suyos, "su talla política ha crecido". "Ya ha ganado", insistían.

Escribir un perfil del líder del PSOE es caer en un texto lleno de lugares comunes. Sánchez tiene un personaje y su hermetismo impide penetrar más allá. Un líder sin carisma, de cartón piedra, desconfiado, hermético... así se vende, pero no era igual al llegar a Ferraz. Quienes lo conocieron antes y después aseguran que "lo han hecho así, no lo era". El hombre de la piel de rinoceronte, el persistente, el Ave Fénix, porque nadie como él ha sabido resurgir de las cenizas, el caballero al que siempre se le dieron bien las segundas oportunidades... Hay mucho escrito sobre este Pedro Sánchez y poco o nada sobre lo que hay detrás de esta imagen política que alimentan sus detractores y que él en los últimos tiempos ni se ha preocupado por enmendar. Como si se encontrara conforme en la piel del jugador de baloncesto que nunca arroja la toalla y sabe que hasta que se pita el final, e incluso después, hay partido. De él, dicen, que siempre quiso ser presidente del Gobierno cuando sólo era diputado raso.

Una trayectoria convulsa
Que Pedro Sánchez, ese al que Susana Díaz abrió de par en par las puertas del PSOE con aquella famosa frase de "este chico no vale, pero nos vale", podía llegar a La Moncloa con una nueva carambola del destino cuatro años después de alcanzar la secretaría general del partido por primera vez en julio de 2014 era uno de esos presagios imposibles de pronosticar. No ha habido un líder del PSOE con una trayectoria política más guadianesca y llena de sorpresas. Nadie ha enfrentado una etapa tan convulsa y tan negra para el Partido Socialista. Con él, la crónica política se hace aún más deportiva, dándolo por muerto y enterrado un día y por resucitado alcanzando el podio al siguiente.

A Sánchez esta vez no le ha fallado su GPS. Lejos de perderse, como le ocurrió en 2016 cuando dejó plantado a un grupo de estudiantes de Washington, con sorna del rector incluida ("Espero que Sánchez pueda dirigir mejor un país que un GPS"), ha llegado directo a su más importante victoria política. Entró en el Congreso dos veces de rebote. Hace cuatro años casi nadie conocía al actual secretario general del PSOE. Ocupó escaño cuando se fueron Pedro Solbes, primero, y Cristina Narbona, después. Así dejó atrás su carrera política como discreto concejal en la oposición en el Ayuntamiento de Madrid y fontanero en Ferraz bajo el manto de Jordi Sevilla y de Pepe Blanco, que lo fichó para su equipo. Doctor en Económicas, Sánchez trabajó con Miguel Sebastián, en la época de Zapatero. Una etapa que sus detractores le recordarían para esgrimir que lejos de estar a la izquierda del PSOE fue un auténtico liberal dentro de las filas socialistas.

Fue Susana Díaz, quien se convertiría en su gran rival dentro del partido, quien lo aupó al poder tras decidir no dar el salto y auparlo como candidato del PSOE andaluz contra Eduardo Madina, el favorito de Alfredo Pérez Rubalcaba y su entonces número dos, Elena Valenciano. Nadie imaginó entonces lo que quedaba por delante. Ni cien días de gracia tuvo y ya la presidenta de Andalucía se arrepintió de su elección. Fue secretario general con los principales barones del partido en su contra. Era un 'outsider', decían, alguien que ni entendía la esencia del PSOE ni portaba en su ADN el patriotismo de partido. A él le daba igual.

Fulminó a un pata negra como Tomás Gómez, engrosando la nómina de sus enemigos políticos, y fichó a independientes como Zaida Cantera o Irene Lozano (UPYD) para disgusto de los puristas del partido. En febrero de 2016 intentó su investidura con la mayoría de dirigentes de su partido en contra y alertando contra el peligro de arrojarse en brazos de Podemos y de los independentistas catalanes. Nada de eso ocurrió. Tuvo el apoyo de Ciudadanos y de Coalición Canaria pero perdió con 131 votos a favor y 219 en contra. De nuevo, fue candidato de su partido en las generales de junio de 2016 y batió la marca: obtuvo el peor resultado de la historia del PSOE. Con Podemos y Ciudadanos disputándole la izquierda y el centro, respectivamente, y con buena parte de su partido deseando que de una vez presentara su dimisión.

Contra el 'establishment' socialista
Perdió dos elecciones generales pero no dimitió hasta que el 1 de octubre el PSOE escribió en el peor comité federal de su historia la página más negra. Lo echaron. Se fue vapuleado. Se despachó en una entrevista con Jordi Évole en La Sexta donde, para escarnio de su partido, no dejó títere con cabeza. Lo mismo le dio a Felipe González que dijo haberse equivocado por abominar de Pablo Iglesias y de Podemos. Su partido no daba crédito.

Los que le negaban el pedigrí —"no es uno de los nuestros", le adjudican como frase a José Bono—, creyeron que habían ganado. Se equivocaron. A finales de aquel octubre fatídico renunció a su escaño para no dar paso a Mariano Rajoy. Se ahorró así la abstención, pero se situó fuera del Congreso. Cuando ya los suyos le buscaban acomodo con tal de que no volviera a revivir, anunció que iba a intentarlo de nuevo. Lo hizo en Dos Hermanas, Sevilla, dejándole claro desde el primer momento a su gran rival, Susana Diaz, que iba a por todas: "Será un honor liderar vuestro proyecto político".

Se echó a la carretera y le dobló el pulso al 'establishment' socialista. Contra pronóstico, barrió a la líder andaluza en las primarias del partido. Con un discurso de emociones, de blancos y negros, se ganó a la militancia de un PSOE que quedó hecho jirones. Hizo el discurso de los de abajo contra los de arriba, de los de la izquierda contra los de la derecha del PSOE y convenció. Luego, alcanzó el poder y casi desapareció. Cambió el 'no es a no' a Rajoy, sobre el que cabalgó hasta la secretaría general por segunda vez, por un apoyo sin fisuras al presidente del Gobierno ante el desafío independentista en Cataluña. "Tiene usted mi respeto personal y político. Este año hemos hablado mucho y compartido muchas horas", le dijo a Rajoy este jueves desde la tribuna. Sin escaño, desaparecido, sin pulso, decían hace meses. De ahí, a la Moncloa. Ese es Pedro Sánchez. Que de breve, nada.

FUENTE: Con información de ISABEL MORILLO - https://www.elconfidencial.com - (PULSE AQUÍ)
 

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