domingo, 20 de octubre de 2019

Mario Vargas Llosa: Recitando a Darío…

Por: Mario Vargas Llosa - En mis caminatas matutinas, en este otoño madrileño que parece no despedirse nunca del verano, la memoria me devuelve de pronto largos poemas de Rubén Darío que aprendí hace más de sesenta años. ¿Dónde estuvieron escondidos todo este tiempo? En el inconsciente, según el descubrimiento (o la invención) genial de Sigmund Freud. En aquella lejana adolescencia, leí mucho al inventor del psicoanálisis, incitado por el doctor Guerra, nuestro profesor de Psicología en San Marcos, que ilustraba las teorías freudianas con las novelas de Dostoievski y tenía una voz tan delgadita que apenas le oíamos, una voz que parecía el trino de una avecilla. No volví a leer a Freud hasta los años sesenta cuando, en Londres, la amistad con Max Hernández, que estaba haciendo su análisis profesional en el Instituto Tavistock, me resucitó la curiosidad por sus libros. Eran fecundos aquellos sábados londinenses que combinaban el psicoanálisis, las librerías de viejo y la revolución ácrata, porque Max y yo nos reuníamos todas las semanas con unos anarquistas británicos, salidos no sé de dónde y desencantados de Occidente, que soñaban con que la Idea de Bakunin y Kropotkin, muerta en Europa, resucitara alguna vez allá lejos, entre el Amazonas y el Orinoco…

Descubrí a Darío en un seminario que dictó Luis Alberto Sánchez, para los alumnos de los cursos doctorales de la Facultad de Letras, cuando volvió al Perú del exilio, hacia los finales de la dictadura del general Odría, en 1955 o 1956. Era un magnífico profesor; no tan riguroso como Porras Barrenechea, que en sus clases de Fuentes Históricas revelaba siempre los datos de una investigación personal, pero ameno, estimulante, lleno de anécdotas, chismes y comentarios de actualidad que convertían su seminario en una cosa viva, en un ascua intelectual. De sus clases salíamos corriendo a la vieja biblioteca con telarañas de San Marcos a leer los libros que había explicado. Darío fue el poeta del que más versos memoricé en aquellos años de lecturas frenéticas. El poema que más admiro de él, Responso a Verlaine, tuve que leerlo con un diccionario a la mano, para saber qué querían decir “sistro”, “propileo”, “canéforas”, “náyade”, “acanto”, misteriosas palabrejas que sonaban tan bonitas.

Recuerdo una discusión apocalíptica, en París, con el poeta chileno Enrique Lihn, que había publicado en la revista Casa de las Américas un poema espléndido y ferozmente injusto, burlándose de las princesas y los cisnes de Rubén Darío y proponiendo que, armados de trinches y cuchillos, nos comiéramos de una vez por todas al cordero pascual… ->>Vea más...

FUENTE: Artículo de Opinión El País
 

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