jueves, 25 de junio de 2020

(Colombia) Dulce enigma (+Opinión)

Por: Gerardo Reyes - En su contestador telefónico tiene grabado un mensaje que es un fiel reflejo de su vida y de su peculiar manera de hablar en metáforas forzadas.
“Buenos días”, dice el mensaje con su voz melosa. “Mira al mundo cara a cara y dile: ‘Tengo derecho a todo lo que deseo, soy el amo de mi destino, deseo lo mejor, lo pido y quiero conseguirlo’”.

Es la voz de Blancaluz Pineda, una colombiana de 41 años que ha descubierto que escribir cartas, muchas cartas, contando lo que ella piensa, protestando o simplemente explicando sus emociones en tropos exuberantes, tiene su recompensa.

A finales de noviembre del año pasado, Blancaluz salió furiosa de la película Clear and Present Danger , que había visto en una sala de cine de un centro comercial del norte de Miami. No podía aceptar que una vez más, el nombre de Colombia quedara ligado a la mafia, a las drogas y a los asesinatos, y que las quejas de sus paisanos no pasaran las fronteras de sus casas.

“Era una película basada en la pobreza de quienes no han respetado su tierra’’, me dijo Pineda, aludiendo a los narcotraficantes colombianos que aparecen en el filme. Esa misma noche se sentó y descargó su rabia en una respetuosa y sentida carta a Tom Clancy, el autor del libro en el cual se basó el guión de la película.

“¿Le gustaría escuchar una realidad más balanceada, sin ninguna ofensa de un gran país llamado Colombia?”, preguntaba al autor del best seller .

La carta no fue una simple terapia de desahogo . Después de buscar el teléfono de Putnam’s Songs, la casa editorial de Washington D.C. que publicó el libro, Pineda metió la carta en un fax pensando en que por lo menos sentaría su protesta de paisa herida. Pero 45 días después, la mujer se llevó una sorpresa o una recompensa, sólo comparable con la que vivió el día que recibió la primera carta del narcotraficante convicto Carlos Lehder, con quien mantiene una ferviente correspondencia desde 1992.

Uno de los autores de ciencia ficcion más leídos en el mundo, Tom Clancy, de su puño y letra le respondió la carta en términos que parecían dictados por un coro rabioso de miles de colombianos:

“Mi país”, escribió Clancy, “ha trabajado muy duro para destruir el suyo en una forma desvergonzada y cobarde. Estados Unidos culpa a Colombia por su problema de drogas. Esa es una mentira grotesca. Nuestro problema de drogas es muy simple: hay ciudadanos estadounidenses dispuestos a usar narcóticos para alterar su conciencia, y con ese objetivo están dispuestos a gastar dinero en las drogas necesarias”.

El resultado de todo esto, agregó, “es que el dinero de los estadounidenses estúpidos es usado por delincuentes colombianos para atacar la integridad gubernamental de su país, y mi gobierno culpa a su gobierno por eso’’.

Tengo que confesar que el mensaje escrito por el best seller, me dio la impresión de que podía ser una broma de algún ocioso que se había topado con la carta de Blancaluz en su largo camino a Clancy y se hizo pasar por el autor.

Por si las moscas, llamé a la editorial y le pedí a una secretaria que si podía consultar con Clancy la legitimidad del mensaje cuya copia estaba enviando por fax y sobre el cual el periódico quería publicar un reportaje.

A los 30 minutos recibí una llamada.
“Podría hablar con el señor Gerardo Reyes’’, me dijo un hombre con una voz recia.

“Es el que habla, le respondí’’

“Es Tom Clancy y lo llamo para decirle que esa carta la escribí yo y me ratifico en todo lo que digo. No conozco un país que haya luchado tanto por ser una verdadera democracia como Colombia. Una de las cosas que admiro de Estados Unidos es el respeto a la verdad, pero creo que en este caso, con Colombia, no se ha respetado la verdad, y eso me da mucha rabia’’.

Clancy me dijo que no había visto la película pero que no estaba de acuerdo con su enfoque desde un principio.

“Se les olvidó invitarme a la premier”, dijo jocosamente.

¿Usted está de acuerdo con la legalización de la droga?, le pregunté

“No”, respondió. “Estados Unidos tiene que perseguir a los

adictos, el problema no es con el que produce la droga sino con ellos. La gente usa drogas porque quiere”.

O sea, que lo que usted plantea es educación y prevención.

“Y castigo”, agregó enérgicamente el escritor.

Clear and Present Danger , la película que enfureció a Pineda, narra las aventuras de un agente de la CIA enredado en una trama para desarticular los carteles de la droga en Colombia. Un equipo especial de agentes gringos desembarca en el país y secuestra a Escobedo, un narcotraficante acusado de matar al embajador de Estados Unidos en Colombia, en plena Carrera Séptima.

El Ejército de Estados Unidos se ha entusiasmado tanto con la producción que desea utilizarla para uno de sus documentales de adiestramiento antiterrorista. Y la Agencia contra las Drogas (DEA) también quiere usar una porcion del filme para demostrar que tipo de labor desarrolla contra el narcotráfico.

Con la misma perseverancia que la llevó a Clancy, Pineda empezó hace cinco años una ardiente relación epistolar con Carlos Lehder desde Miami.

Lehder, ex jefe del temible Cartel de Medellín, está cumpliendo una condena de cadena perpetua en una carcel no identificada por las autoridades de Estados Unidos.

Cuenta Pineda que mientras manejaba su Pontiac Fiero por la avenida Collins de Miami Beach, escuchó que el comentarista radial Eucario Bermudez explicaba que Lehder le había pedido a su hija Natalia, en Alemania, que asistiera a una capilla para que ambos tuvieran contactos espirituales.

“Cuando escuché que ese hombre, que había sido señalado como el monstruo más sanguinario de la época por Estados Unidos, buscaba esa comunicación espiritual, me hizo sentir que en ese hombre había un ser humano grande y no vacilé en buscarlo’’, dijo Pineda.

Después de muchas vueltas y averiguaciones, Blancaluz logró conocer el número de la casilla postal de Lehder, uno de los prisioneros más protegidos de Estados Unidos, y le escribió una carta de cinco páginas.

A los tres días recibió respuesta.

“Me invadió la emoción, es como si hubiera visto a Dalí en persona y allí empezamos una relación que fue creciendo en energía y en papel’’.

Pineda recibe por lo menos cuatro cartas al mes de Lehder, tarjetas, libros y fotografias de su infancia. Todo lo guarda cuidadosamente en un maletín, en orden cronológico. Son cartas apasionadas en las que “Carlos” o “Karl”, como el preso se firma, la llama Sirenita, Dulce Enigma, Reina Luz, y le explica sus ideas politícas, sus dilemas legales y pensamientos “siderales” en un tono de procer perseguido.

“La sensual y solidaria correspondencia y figura espléndida son una suculenta experiencia para este solitario desterrado”, dice una de las cartas de Lehder. En otra explica: “Todo indica que estoy casi a las puertas de una nueva etapa de mi terrestre vida y no me detendré hasta quitarme estas ‘cadenas’ que ya son de chocolate”.

Más adelante ofrece su visión política de las elecciones en Cuba: “Veo que el demente Dictador Isleño montó una teatral elección en la bellísima isla, parándose en los cadáveres de 33 años de hambre, KGB y genocidio”.

Y para ella, en una tarjeta que dice: “Me encantan todos tus colores, inclusive el del papel en que me saludas desde la Florida y el aroma esquisito (sic) de tus tiernas y femeniles (sic) manos conservan el papel cálido y la palabra ardiente enciende la hoguera en esta noche invernal’’.

Pineda responde con la misma pasión y con fotografias donde no oculta sus piernas de ex modelo de la portada de un disco de Sonolux, la casa disquera de Colombia donde tuvo su primer trabajo.

“Yo soy la luz de su vida’’, dice Pineda “Soy como su Manuelita Sáenz . “Tenemos una amistad sociopolítica y cada vez que recibo una carta siento su presencia sin que él esté, es el mirarlo sin verlo y sentirlo sin tocarlo’’.

FUENTE: Con información de La Nueva Prensa de Colombia
 

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