miércoles, 5 de septiembre de 2018

(Sudáfrica) Cuando la fiebre del oro funda tu ciudad y después te mata lentamente


A los pies de lo que parece una enorme duna de arena blanca se extiende en cascada el antiguo gueto de Davidsonville, en el municipio de Rooderpoort, oeste de Johannesburgo. La duna se vuelve sólida a medida que va creciendo, y adquiere en algunas fases un relieve parecido al de las montañas de Montserrat y a ciertos templos asiáticos. Aunque por su perfil y su color recuerda a una majestuosa pirámide egipcia, y hace pensar desde algunas perspectivas en el Gran Cañón de Colorado, no es una obra de arte ni una maravilla natural. Está hecha de polvo tóxico de roca machacada, triturada por los mineros que trabajaron en la zona desde finales del siglo XIX, durante la fiebre del oro que llevó a la fundación de Johannesburgo. Después de reventar las rocas, los trabajadores de las minas cribaban el polvo con cianuro, y extraían así los minerales que impulsaron durante décadas la vibrante economía de la Sudáfrica blanca.

Bautizado en el momento de su creación en los años 60 con el apellido del alcalde blanco que lo diseñó, Davidson, Davidsonville fue concebido para alojar a la población “coloured” que el régimen segregacionista del apartheid había expulsado de las zonas privilegiadas de Rooderpoort, reservadas por ley para la población de origen europeo. Los “coloured” son el más heterogéneo de los grupos étnicos en los que el apartheid clasificó a la población sudafricana, y está compuesto por personas mestizas con ascendencia afrikáner, negra, bosquimana y de los esclavos malayos que los holandeses trajeron a Sudáfrica a su llegada a la punta del continente.

Junto a los negros y los indios, los “coloured” fueron severamente discriminados por el régimen nacionalista afrikáner, que les confinó en zonas separadas de las ciudades y limitó de forma drástica sus derechos civiles y económicos. Al igual que los de los negros y los de los indios, los llamados “townships” para “coloured” fueron construidos en las zonas en que no querían vivir los blancos. Terrenos cercanos a plantas eléctricas, fábricas y minas, como es el caso de Davidsonville, fueron elegidos para albergar muchos de estos guetos.

El viento llena las casas de polvo radiactivo
Cada vez que sopla el viento, como es habitual en los agostos del invierno austral, las modestas casas y las vías respiratorias de los habitantes de Davidsonville se llenan del fino polvo de la duna, rico en metales pesados. “Esta roca molida contiene uranio, cadmio, arsénico, sulfuro, estroncio, hierro, plata…” , dice a El Confidencial David van Wyk, investigador y activista de la Bench Marks Foundation, una organización ligada a las Iglesias cristianas de Sudáfrica que trabaja por la justicia social en asuntos relacionados con las minas. La concentración de sustancias químicas y metales pesados hace de la arena de la duna un agente dañino para la salud de quienes se exponen regularmente a ella, como es el caso de Deseree Rose Coetzee, una mujer jubilada de Davidsonville que muestra los efectos corrosivos del polvo tóxico en las estructuras metálicas de las casas.

“Los días de calor son horribles. Si abrimos las ventanas las casas se llenan de este polvo, que se mete por todas partes y lo corroe todo”, dice Coetzee mientras pasea por entre los bloques de pisos que forman el sector del barrio más cercano a la duna, que se dibuja en el horizonte a menos de cien metros de los pisos más altos de Davidsonville. Una tos profunda y densa corta cada poco tiempo las palabras de Coetzee. Muchos de los que la saludan en su paseo matinal por el antiguo gueto también tosen, y dicen arrastrar graves problemas respiratorios que atribuyen a la cercanía de los residuos de la mina.

Charmaine Coetzee y su hijo pequeño son algunos de los habitantes de Davidsonville que padecen asma y problemas en la piel. “Respirar constantemente este polvo no puede ser bueno para nadie. Tenemos siempre la nariz taponada y después tenemos el problema de las riadas cuando llegan las lluvias”.

Inundaciones tóxicas
En cuestión de días el invierno sudafricano habrá llegado a su fin, y las primeras lluvias que dan comienzo a la primavera arrastrarán montaña abajo convertido en lodo el polvo de la duna que corona Davidsonville. “El agua y el barro llena las calles y se mete en las casas”, dice otra vecina, que no quiere dar su nombre, y muestra marcas en la piel de los brazos y los codos que, según dice, han sido causadas por el polvo tóxico.

Una vez depositado en las calles del barrio y dentro de las viviendas, el uranio que contiene la arena desplazada por el viento y las lluvias se desintegra y libera radón, un gas definido por la Organización Mundial de la Salud como emisor de partículas radiactivas que pueden dañar el ADN y provocar cáncer de pulmón.

Armado con un artilugio que le permite medir la radioactividad con su teléfono móvil, David van Wyk mesura los altos niveles que se registran en plena duna, y hace lo propio posteriormente dentro de algunas casas de Davidsonville, donde la humedad tóxica que deja cada riada daña los bajos y las paredes. La aplicación de Van Wyk también da números superiores a lo normal.

Una piscina ácida
Antes de llegar a la escuela del barrio, al final de la cuesta sobre la que el alcalde Davidson ordenó levantar el gueto que llevaría su nombre, hay una explanada cubierta de hierba. El tapete verde se interrumpe en algunos tramos por planchas de césped quemado por el ácido sulfúrico que resulta del contacto de las sustancias del polvo de la duna con el agua y el oxígeno. Sobre esa misma hierba, que se convierte en una piscina de fango ácido cuando baja el lodo procedente de la duna, se han erigido columpios y otras atracciones infantiles. En la estación de las lluvias, el agua subterránea contaminada brota a veces del subsuelo y encharca aún más el parque, donde los niños juegan alegremente sin ser conscientes de los riesgos que corren. Es muy peligroso para ellos, pero no siempre podemos evitar que vayan a jugar allí abajo cuando está inundado”, se lamenta Deseree Coetzee.

Cruzando la calle que sube hasta la mina, las aguas ácidas de la vieja explotación de oro han creado un lago artificial de aguas cristalinas, que dejan ver el fondo con claridad inusitada. “No hay ni plantas ni insectos como en cualquier otro río o lago”, comenta Van Wyk, que antes ha llamado la atención sobre la ausencia de hormigas y otros bichos en el suelo blanco nuclear de la duna y se dispone ahora a medir los niveles de metales pesados en el agua, con una lengüeta que cambia de color según la cantidad del elemento. Los resultados más espectaculares los arroja el hierro.

Un paisaje definido por las minas
Los vecinos de Dadidsonville siguen exigiendo soluciones, sin que de momento hayan tenido ningún éxito. Hace más de una década acudieron a la justicia y un tribunal ordenó a la empresa responsable de la explotación que rehabilitara la zona. Doce años después todo sigue igual en el "township" que, con el paternalismo que caracterizó al apartheid en el trato a los sudafricanos no blancos, el alcalde Davidson vendió en su día a la opinión pública como un regalo a la comunidad "coloured". Pese a que aún no han recibido los esperados frutos de su triunfo en los tribunales, los habitantes del barrio ya libran una nueva batalla, esta vez contra la empresa australiana que planea abrir otra mina en las inmediaciones.

Pese a que así lo exigen las leyes sudafricanas dedicadas a la minería, muy pocas empresas mineras han cumplido con sus obligaciones de reparar las alteraciones del espacio natural que causaron sus operaciones bajo tierra.

Las minas de oro atrajeron a multitud de inmigrantes de todo el mundo al sueño de prosperidad sudafricano. La abundancia de minerales en Johannesburgo y otras zonas del país financiaron durante décadas un sistema de opresión que dependía para funcionar de la mano de obra explotada. La fiebre del oro ha dejado abiertas hasta hoy heridas físicas y económicas que aún definen la estructura y el paisaje de Sudáfrica y especialmente de Johannesburgo, su motor económico y la primera ciudad del país, que nació para albergar a los pioneros de la minería en la zona.

Del oeste de la ciudad en el que se encuentra Davidsonville pasando por el sur hasta llegar al extremo este, numerosas acumulaciones de polvo de roca toman forma de montañas junto a las que viven familias y comunidades enteras, casi siempre pobres y "coloureds" o negras. Los excluidos del apartheid no disfrutaron de la borrachera que supuso la fiebre del oro, pero sufren como nadie su resaca.

“Nadie eligió vivir en estos lugares”, recuerda van Wyk. “A las familias que viven aquí las metieron en camiones y las dejaron aquí. No tenían elección”, dice sobre las políticas de ingeniería social del apartheid este veterano activista afrikáner, que se crió viviendo con su padre ingeniero en minas de todo el territorio sudafricano y se exilió después en Zimbabue del régimen implantado por nacionalistas también afrikáners.

FUENTE: Con información de MARCEL GASCÓN - https://www.elconfidencial.com ->> Ir
 

LO + Leído...