domingo, 19 de abril de 2020

(Colombia) Antonio Caballero: El huevo de la serpiente (+Opinión)

Las autoridades de todo el mundo están encantadas con el coronavirus: nunca habían mandado tanto. Nos tienen en un puño. Y quieren mandar todavía más. Aquí en Colombia, por ejemplo, sacan decretos de emergencia inventando multas y nuevas reformas tributarias, prolongando el servicio militar, imponiendo el reclutamiento forzoso de médicos y enfermeros, prohibiendo el fútbol, separando a los hombres de las mujeres (¿recuerdan los lectores que el autoritario alcalde Mockus se inventó una “noche de las mujeres” para una rumba sin hombres?).

Ya en algunos pueblos los alcaldes crecidos de soberbia han dictado la orden de que por su territorio no pase nadie, y compiten en los mandatos de encierro: para mayores de 65, no, de 60, no, de 55. Amplían lo obligatorio, multiplican lo prohibido. En los Estados Unidos se fermenta una crisis constitucional porque el presidente Trump asegura que él tiene “la autoridad total” para “reabrir” todos los estados de los Estados Unidos, aunque los gobernadores de los estados y los alcaldes de las ciudades se opongan. La cual autoridad es dudosa en los términos federales de la Constitución. Pero, apunta Trump, llegado el momento electoral los gobernadores y alcaldes no se opondrán justamente por motivos electorales: no serían reelegidos. Y probablemente tiene razón. Y él, por su parte, para asegurarse votos para su reelección en noviembre, hace imprimir su firma en los cheques de auxilios federales para las familias por la pandemia como si fueran regalos personales suyos, de su propia cuenta bancaria. Y a lo mejor tiene razón: se lo agradecerán también personalmente, con sus votos.

Porque más grave aun que la tentación totalitaria de las autoridades, de la que escribí aquí hace quince días, es la tentación de rebaño de los pueblos: la de aceptar, o incluso reclamar, la autoridad absoluta de un líder. “Ein volk, ein führer”, decían hace 90 años los alemanes bajo Hitler: un pueblo, un jefe. En aquella época la tentación totalitaria no vino solo de las ideologías, el fascismo, el nazismo, el comunismo soviético, sino que surgió de la crisis económica y política dejada en toda Europa, y especialmente en la derrotada Alemania, por la Primera Guerra Mundial, agravada por el crack de la bolsa de Nueva York en 1929. Y, como dijo entonces Winston Churchill, “nunca hay que desperdiciar una buena crisis”. Porque las crisis se prestan, precisamente, para el desarrollo del autoritarismo de los gobernantes. En ese momento, y contra los fascismos, también fue la crisis la que llevó a Churchill al poder. Y a un poder casi sin medida: de gobierno de guerra. ->>Vea más...

FUENTE: Artículo de Opinión - Semana
 

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