lunes, 3 de agosto de 2020

Cuando Colombia rompió su maldición (+Opinión)

Por: Jon Lee Anderson - Conozco Colombia desde que tengo cuatro años, cuando mi familia vivió en Bogotá en el año 61. Es el país de mis primeras memorias certeras, con escenas y diálogos.

Eso sí, toditas son violentas. La invasión frustrada de la casa por un par de maleantes: los recuerdo escapándose por el muro del jardín. La tristeza de mi padre cuando unos “bandidos” de la época ejecutaron a un amigo suyo. Los dos rifles que él guardaba en un mueble con vitrina bajo llave; me fascinaban, porque uno era un fusil doble barril 30/30, igualito al de Buffalo Bill. Recuerdo también cuando un hombre en bici pasó frente a la casa y arrolló adrede a un perrito de la vecina que jugaba en la calle. Un guardespaldas taciturno me llevaba y traía en carro todos los días del jardín infantil que tenía una anciana inglesa, Miss Grey, en una casa estilo Tudor; el hombre cargaba una pistola en su estuche fuera de la camiseta, y me sentó siempre a su lado, pero no me hablaba jamás.

Bueno, todas mis memorias son así; las de una Colombia que emergía de la Violencia y entraba en otra que no tiene nombre y no ha terminado aún. Tanto es así que la violencia parece ser la razón de ser del país. Para el resto del mundo la violencia y Colombia son sinónimos, como lo es el sol del Sahara o la selva de la Amazonía.

Hay solo una época en que me consta que Colombia rompió con su tradición, o maldición —pues con las cosas crónicas es difícil saber la diferencia—, y fue cuando entró en la fase final de las pláticas de paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y las guerrillas de las FARC. Pocas cosas me han llenado de tanta esperanza como ese proceso de paz. Habiendo cubierto desde 2001 y de forma casi continua las guerras crueles y sinfín del Medio Oriente y África —y antes también muchos otros conflictos— la negociación para terminar la guerra en Colombia me parecía un duchazo restaurador. Es que en este mundo los conflictos ya no se acaban, sino que se eternizan. Así que cuando Colombia lo logró, increíblemente, pese a la duración del conflicto y la oposición furibunda del expresidente Uribe y los círculos reaccionarios que él lidera, sentí un profundo optimismo, no solo por Colombia sin por el futuro del mundo

Y es que Colombia no estaba solo. Para su acuerdo de paz tuvo la cooperación directa y la buena voluntad de países inverosímiles; naciones adversarias, como Cuba, Estados Unidos y Venezuela, dejaron de lado sus diferencias en aras de Colombia, y todas juntas pusieron de su parte y respaldaron el acuerdo. También la ONU, tan inútil en los últimos tiempos, desempeñó un papel importante y positivo. Fallas y debilidades tenía el acuerdo, pero engendró en el país algo muy grande, porque dejar las armas lo es todo. En la política, es la diferencia entre matar a alguien o gritarle “¡Paz, no guerra!”. Con su acuerdo Colombia parecía acercarse finalmente a un umbral donde podía declararse la muerte de su nefasta tradición, o su maldición, de la guerra eterna.

Viajé a Cartagena de Indias para la ceremonia del día 26 de setiembre de 2016, cuando firmaron la paz el presidente Santos y Timochenko. Era una ocasión histórica, emotiva y feliz, que remataba años de arduos esfuerzos diplomáticos. Recuerdo que la reacción de muchos jóvenes colombianos era de dicha y esperanza. Por primera vez en sus vidas, su país era un lugar con futuro.

FUENTE: Artículo de Opinión - Los Danieles
 

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