domingo, 22 de noviembre de 2020

(Colombia) Besos y picos (+Opinión)

Por: Daniel Samper Pizano -
Los colombianos nos aprestamos a cumplir nueve meses de cautelas antivirus: encierro, tapabocas, lavado de manos, distancia prudente con el prójimo. Se aproxima, pues, la primera generación nacida del confinamiento: los bebés de jaula. Al mismo tiempo se desvanecen usos y ritos milenarios. Reina inquietud, por ejemplo, acerca de la suerte que correrán los besos. La pandemia cambió el abrazo y el beso de saludo por un ridículo golpecito de codo. Se teme que desaparecerá el beso como fórmula social y, a lo mejor, como expresión de amor o erotismo.

A muchos alarma esta perspectiva, pero a mí me parece sano que se revise la costumbre de besar. Es verdad que semejante impulso florece desde el hombre primitivo, cuando la mujer de las cavernas masticaba la cola de tigre que había cazado el hombre de las cavernas y pasaba la masita boca a boca al niño de las cavernas. Tal vez sea esta, como dice Voltaire, “la costumbre más antigua de mundo”. El provocador francés relata que durante cuatro siglos “los primitivos cristianos y cristianas se besaban en la boca durante sus reuniones” y en ocasiones acicalaban el beso con cosquillas y cositas así. En la Europa renacentista los cardenales podían besar a las reinas en los labios; parece un privilegio, pero ¡había cada reina desdentada! ¡Y cada cardenal con pianola! Antes de la Revolución Francesa, una parisina aristocrática ofrecía su boca al caballero que la visitaba por primera vez. Durante la Revolución, entregaba la cabeza entera.

El romanticismo propició los besos, como prueban los boleros, último botón del género: Bésame mucho, Mil besos, En un beso la vida, ¿Adónde van los besos?… Los poemas de la época también eran foco de besos, pero castos y escasos, pues los prohibía el Partido Conservador. Después de la I Guerra Mundial el beso con roce y ardentía hizo furor en el cine: ¿quién no habría querido ser King Kong con una bella Ann Darrow desmayada en su peluda garra?

El beso, aceptémoslo, está sobrevalorado. Las más de las veces sobra o resulta repelente. Solo un porcentaje pequeño de los besos cumplen misión importante en el amor o en el cariño: los que se aplican a la pareja, a los bebés, los niños y los familiares muy cercanos. Los demás son innecesarios, contraproducentes o abominables. En todo caso, prescindibles. Los grandes besólogos ofrecemos la siguiente clasificación:

1) Beso reverencial: i.e., el anillo del Papa, baboso contacto que aburre al propio pontífice. Los papas modernos prefieren besar pistas de aterrizaje. Glosa: superfluo y arcaico.

2) Beso ritual: los templarios, en ceremonia fraterna, lo aplicaban en la boca, el ombligo y ¡uff! — al final de la espalda. Los futbolistas, para celebrar el gol, besan la argolla de matrimonio y la cara sudorosa del anotador. Glosa: de grotesco a desagradable.

3) Beso social: uno o varios en la mejilla, según el país, según la mejilla y a veces según el sexo. Glosa: perfecto como transmisor de enfermedades.

4) Beso antisocial: el que dan ciertos delincuentes antes de despachar a su damnificado. Judas a Cristo para venderlo; Judith a Holofernes a punto de decapitarlo; Bruto a tiro de apuñalar a Julio César; los Corleone al despedir a sus víctimas. Glosa: vil.

5) Beso familiar: adecuado entre personas cercanas, pero poco recomendable con tías bigotudas o primos halitósicos. Glosa: depende.

6) Beso de amor: con este conviene tener mucho cuidado, porque igual puede ser un acto sublime o una aventura aterradora si se trata de fumadores pertinaces, aficionados a la comida condimentada, enemigos de la odontología, vampiros o caníbales. Con sinceridad, ¿cuál de mis lectoras daría un beso de lengua al cantante Phill Collins, cuya exmujer reveló que duraba hasta un año sin cepillarse los dientes? Glosa: mucho cuidadito. ->>Vea más...
 
FUENTE: Artículo de Opinión - Los Danieles
 

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