sábado, 11 de julio de 2020

La historia de Inigo Philbrick, el “Bernie Madoff” del arte que estafó durante diez años a los mayores coleccionistas del mundo

La primera obra adquirida por Inigo Philbrick tiene un título premonitorio: ‘Cuando escucho la palabra ‘cultura’ saco mi chequera’. En concreto pagó más de 900.000 dólares por esta pieza de Barbara Kruger valorada en 350.000. Era una tarde de noviembre de 2011 en la sede neoyorquina de Christie’s, la célebre casa de subastas. Nadie allí conocía a aquel británico de 24 años, rojizo pelo rizado, barba incipiente, traje italiano y camisa con dos botones desabrochados. Él, sin embargo, estaba dispuesto a dejar huella.

Cada puja fue un directo a la mandíbula de sus rivales, veteranos curtidos en adquisiciones millonarias. A la de Kruger sumó dos obras de David Hammons, doblando el precio de salida; una escultura de Mona Hatoum, cuatro veces más cara que el martillazo inicial; y, sobre todo, Rhein II, de Andreas Gursky, por 4,3 millones, cantidad jamás desembolsada en una subasta por una fotografía.

Como una supernova, Philbrick irrumpió aquel día en el mundo del arte con un brillo que se mantuvo por una década. Hasta que desapareció, en octubre de 2019, y fue detenido por el FBI este 11 de junio en un remoto archipiélago del Pacífico. La prensa ya lo ha bautizado como el ‘mini Bernie Madoff del mercado del arte’, por el asesor de inversiones que defraudó más de 64.800 millones de dólares.

Las cifras de Philbrick son más ‘modestas’, pero, como Madoff, condenado a cadena perpetua, su pequeño émulo se sirvió de «un esquema de Ponzi», asegura Judd Grossman, abogado de varios antiguos clientes de Philbrick. Es decir, vendía una obra más de una vez para obtener fondos con los que pagar otra. El esquema continuaba mientras las obras se apreciaran, pero cuando dejaron de hacerlo, todo se vino abajo.

El caso ha sacado a la luz el modo en que funciona un mercado que crece a un ritmo anual que ronda los 70.000 millones de dólares. Philbrick, por ejemplo, adquiría obras mediante complejos acuerdos de financiamiento avalados por obras que no poseía y a través de asociaciones con entidades offshore y corporaciones fantasmas, cuyos fundadores buscaban grandes y rápidas ganancias.

Dicho de otro modo, en el mercado donde prosperó Philbrick el valor de la obra en sí misma es irrelevante; lo importante es lo que alguien está dispuesto a pagar por ella. A muchos inversores no les preocupa lo que compran, sino los fabulosos márgenes que, como quien lo hace con acciones, edificios o empresas, pueden obtener. Es más, ni siquiera llegan a ver su propiedad. Confían en personas como Philbrick, individuos que saben qué artistas despuntan -ellos mismos los lanzan al estrellato-, dónde están las obras, quién quiere comprar y quién quiere vender. Para esto último, recurren a la infalible regla de las tres D: death, debt or divorce (muerte, deuda o divorcio). En resumen, son ellos quienes dictan hoy tendencias y establecen gustos en este mundo ultrasecreto y opaco donde los registros de propiedad y los organismos reguladores brillan por su ausencia. ->>Vea más...

FUENTE: Con información de Fernando Goitia - xlsemanal.com
 

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