domingo, 20 de diciembre de 2020

La guerra, (no) vista por un niño (+Opinión)

Por: Laura Restrepo -
Se llama Fahed. La familia huía de su pueblo arrasado cuando un ataque aéreo golpeó el autobús en que viajaban. El niño iba en la ventanilla y sufrió el impacto en plena cara. Sus heridas sangran y dejan escapar trozos de vidrio. El estallido le reventó los globos oculares y le dejó dos oquedades con un mapa de destrozos en torno. Ya lo han sometido a las dos operaciones básicas que pueden hacerle aquí, dadas las limitaciones de un hospital de campaña. Por lo pronto sigue en cuidados intensivos; no puedo entrar a verlo, pero su madre me muestra una foto tomada antes de la desgracia: un niño muy bonito, muy serio, un par de años menor que ahora, con orejas redondas que sobresalen como asas de tazón, flequillo y grandes ojos negros y almendrados, iguales a los de la madre, pero chispeantes de vida.

Ha salido de cuidados intensivos, va recuperando fuerzas, ya puede hablar y por fin me lo presentan personalmente; tendremos que valernos de traductor para comunicarnos. Fahed quiere saber qué ha pasado con sus hermanos. Le digo que están bien y añado las pocas noticias que hemos recibido de ellos, pero él no se contenta con vaguedades: exige precisiones. ¿Se cayó el techo de mi casa? ¿Murieron las ovejas del abuelo? ¿Cuándo me van a quitar las vendas de los ojos? ¿Si estos se dañaron, me pondrán otros? Escuchándolo, me voy adentrando en la visión abisal de un niño ciego del Yemen. Fahed es experto en la geografía de la guerra y en la amplia gama del armamento. Todavía no ha aprendido a multiplicar, pero lo sabe todo sobre ataques aéreos. Distingue un Eurofighter Typhoon y dice que es el más ligero de los aviones, porque está hecho en fibra de carbono y de vidrio (son sus palabras textuales). Sabe que los motores del Eurofighter Typhoon son fabricados en un país que se llama España, y que los vuelos salen de Arabia Saudita para bombardear al Yemen. Sabe que Arabia Saudita tiene una alianza con otros países, que uno de esos países se llama Estados Unidos y que el otro se llama Inglaterra. No sabe por qué atacan al Yemen; no lo sabe y no se lo pregunta, lo da por descontado, no conoce otra situación y la asume con naturalidad.

Va mejorando de sus heridas, y la asombrosa flexibilidad de su mente le permite irse acoplando a un mundo ahora en tinieblas para él. Lo acompaño a que le hagan las curaciones. Le duele y me agarra fuerte la mano. Jennifer, la pediatra, trata de simplificar los términos médicos para explicarle lo que ella llama su condición. El niño tiene una condición. ¿Qué querrá decir Jennifer con eso? ¿Se vale llamar condición a la sacralidad salvaje de esta prueba que ha sido impuesta sobre una criatura? Jennifer es una excelente médica, delicada y cariñosa, pero demasiado joven; todavía confía en la resonancia de su jerga profesional, y términos como trauma, hemorragia, sutura, palpebral salen de su boca y le van llegando a Fahed como rezos misteriosos y fórmulas incomprensibles que él tendrá que aceptar sin preguntar, asumiéndolas como expresión de la naturaleza inexplicable de su sufrimiento.

El niño, que ha demostrado un valor y un estoicismo casi antinaturales, ahora se suelta a gemir. Gime porque no puede llorar. Junto con los ojos perdió también el llanto, y ahora se queja quedito, sin palabras, sin lágrimas, sin parar, hilvanando el largo lamento solitario de una criatura desconsolada. Entra su madre, una mujer silenciosa que esconde lo que debe ser agonía bajo el niqab que le tapa la cara. Se sienta al lado del hijo y repite una misma frase como en letanía, todo dolor tiene su bálsamo, pequeño mío, todo dolor tiene su bálsamo. Otra fórmula hueca, otra vez el lenguaje mudo, sin significado. Todo dolor tiene su bálsamo, vuelve a decir la mujer, pero es tan dulce su voz, tan suave la manera como le mece el pelo al niño y le besa las manos, que él va serenándose poco a poco, hasta que deja de gemir. Tal vez ella tenga razón. Tal vez sí haya un bálsamo para el dolor del niño: la voz de la madre.

Pese a la pérdida de los ojos, Fahed pasa horas pintando; es lo que más le gusta. Le he conseguido un cuaderno y un lápiz negro. Lo acompaño y lo incentivo; sospecho que le conviene tratar de registrar sus imágenes del mundo antes de que se le borren de la memoria. Le sugiero que pinte las ovejas del abuelo, pero él se inclina por lo bélico; dibuja unas bolas y dice que son granadas, y reteñidas rayas horizontales que son bazucas. De una especie de flecha con aditamentos dice que es una nave de vuelo supersónico de diseño delta/canard. Unos palotes son fusiles con alcance de tiro hasta de 2.000 metros. Nada que hacer, Fahed es artista de batallas; su conocimiento de causa me deja perpleja. Mejor dicho, me aterra, pero no le digo nada, al fin y al cabo esa es su realidad, la que le ha tocado en suerte. ->>Vea más...
 
FUENTE: Artículo de Opinión – Los Danieles
 

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