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lunes, 18 de julio de 2022

(Colombia) Si se toman el Palacio de Nariño (+Opinión)

Por: Daniel Samper Ospina - Observé en el noticiero los informes sobre el estallido social en Sri Lanka en que cientos de srilanqueños, furiosos, irrumpían en el palacio presidencial, descubrían la piscina privada y convertían el momento histórico en una repentina escena de domingo en Piscilago:  se tiraban de cabeza, se lanzaban de bomba. Uno llamaba la atención de una señora que observaba desde el borde:

—Madrina, madrina: mire cómo me tiro —gritaba.

Y la piscina se repletaba en minutos de personas dichosas que marraneaban unas con otras, pataneaban en la parte pandita, jugaban Marco Polo en la honda y hacían competencia de clavados; de niños de doce años que se zambullían entre gritos desesperantes mientras sus papás pedían media botella de aguardiente en las mesas de las terrazas; de familias con abuelas de vestido de baño de faldita, y adolescentes vestidos con un esqueleto del Atlético Nacional que alternaban canciones de vallenato y de reguetón en un parlante a todo volumen; de gente de trencitas, en fin, que emergía empapada del agua y saltaba en una pata, con la cabeza ladeada, para prevenir una otitis. Y así, en instantes, ante la simple presencia de una piscina, lo que había comenzado como una revolución popular ante la escasez de fertilizantes y, por ende, de alimentos se convertía súbitamente en un remedo del otrora llamado Plan 25 de SAM. Los turistas más osados ingresaban a la casa presidencial —en búsqueda de toallas, o qué supone uno—; se metían a la habitación privada; hurgaban en los cajones del clóset y sacaban a orear los calzoncillos del primer mandatario, mientras este huía despavorido por un muelle, sin asomos de dignidad, como un vulgar turista en El Dorado: empujando la maleta a las carreras, como si fuera a perder el vuelo, con las rueditas delanteras torcidas por el afán.

El noticiero continuaba con las declaraciones de Iván Duque en que el autor de la reforma tributaria que incendió a Polombia afirmaba que presentar una reforma tributaria eran ganas de gastar; se negaba a que existiera algo llamado “el derecho al aborto”; y dejaba expuesta su jugadita de cambiar un articulito para dejar sembrado en la junta de Ecopetrol a su amigo Luigi Echeverri. Ante aquella hemorragia de cinismo, imaginé que en Polombia se cuajaba un estallido social similar al que protagonizaron los amigos srilanquenses y la gente, enardecida, se tomaba el Palacio de Nariño, ingresaba a la casa privada, y las redes se inundaban de videos de polombianos que se metían en el clóset del mandatario; se probaban entre risas el vestido de la primera dama; rasgueaban —y dañaban— su guitarra Fender; robaban la tarjeta de millas del hermano Andrés. Y encontraban decenas de caletas de mecato, escondrijos con chocolates y bolsas de comida chatarra ocultas detrás de los libros de economía naranja. En la piscina de la casa de huéspedes de Cartagena, simultáneamente, se repetía una escena idéntica a las de Sri Lanka, pero con familias polombianas que viajarían desde el interior: acaso votantes de Rodolfo ávidos de cumplir aquel frustrado viaje al mar que les prometieron. 

—¡Se acabó la guachafita! —gritaría el presidente a las decenas de personas que marraneaban en la piscina.

Pero lo sacarían entre chiflidos o acaso con el cántico de “Que caiga /que caiga/ que caiga Iván Mordisco”, y no le quedaría remedio diferente del de huir con las maletas a rastras  —las rueditas de adelante volteadas por la velocidad del trote— a un destino amigo para resguardarse: ¿Miami, en el mismo conjunto de Abelardo de la Espriella? ¿San Francisco, cuna del Silicon Valley que soñó en vano para el país? ¿Providencia, donde podría construir al menos una casa para recibir, incluso, a su amigo, el fiscal Barbosa, cuando viaje a la isla a investigar cualquier crimen, acompañado de su familia?

Sea como fuere, el presidente se marcharía vía Santa Marta para compararse nuevamente con Bolívar, y no Gustavo, como lo hizo esta semana, cuando —para defenderse de sus bajos índices de popularidad— pidió paciencia a sus colaboradores y dijo que en sus últimos días al Libertador también lo chiflaban: “cuando Bolívar salió de Bogotá rumbo a Santa Marta hasta lo escupieron y le lanzaron improperios”, dijo. Casi agrega: “como a nosotros”.

Emprendería, entonces, camino a Santa Marta. Como al padre de la patria, la entrada a Venezuela también le sería negada. En la más humana de sus versiones lanzaría sus últimas confesiones a la doctora María Paula Correa, su mano derecha:

—Hemos arado en el mar, María Paula. Literalmente. Hemos alcanzado a dar un contrato de exploración petrolera en el Caribe: ahora solo quisiera que aquella quinta de allá sea mi leche de muerte…
—Lo que señaláis es el Irotama, señor: pero sabed que los hombres como vos jamás mueren… Y que se dice lecho de muerte, no leche de muerte — corregiría la doctora María Paula.
-- He dicho leche, María Paula: leche con galletas oreo. Son de muerte… lenta. ->>Vea más...
 
FUENTE: Artículo de Opinión – Los Danieles
 

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