miércoles, 13 de mayo de 2020

Organizaciones de prensa condenan el espionaje a periodistas en Colombia y otros países de América Latina

La revista Semana reveló recientemente un escándalo de espionaje del Ejército de Colombia a periodistas nacionales y extranjeros, además de a políticos y defensores de derechos humanos. La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP), el Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ) y otras organizaciones nacionales e internacionales condenaron enfáticamente estas prácticas e instaron al Gobierno de Iván Duque a investigar y castigar a los responsables.

Los escándalos de espionaje se repiten cíclicamente en Colombia, comenta a DW la coordinadora del programa del CPJ para América Central y del Sur, Natalie Southwick. Las investigaciones terminan con el despido de unos pocos "responsables” y el problema se arraiga. "Falta transparencia en la investigación y asunción de responsabilidades” por parte del Estado, denuncia Souhtwick.

"Además de violar el derecho inalienable a la privacidad garantizada a todos los ciudadanos, estas acciones ilegales corroen la confianza necesaria entre las fuentes y los periodistas", insistió hace unos días el presidente de la SIP, el jamaiquino Christopher Barnes. Y este no es un peligro ni nuevo ni colombiano. Ha sido una "práctica sin fin” en América Latina y el Caribe, escribe José Meléndez, corresponsal en Costa Rica del diario mexicano El Universal.

¿Quiénes y cómo espían a los periodistas en América Latina?

"El espionaje o la vigilancia sobre o contra los periodistas siempre ha existido, sin distinción de ideologías ni de épocas, al menos en las últimas cinco décadas, las de mayor monitoreo de la libertad de prensa en América Latina”, coincide el director ejecutivo de la SIP, Ricardo Trotti. Y enumera dictaduras militares de derecha: Argentina, Chile, Paraguay, Uruguay, Brasil. O de izquierda: Nicaragua, Cuba. Así como Gobiernos de cualquier signo político en Guatemala, Venezuela (antes y después de Hugo Chávez) yEcuador (antes o después del caso de Julian Assange).

Los sistemas de vigilancia son parte de la estrategia del Estado para vigilar y perseguir "excepcionalmente” a ciudadanos vinculados con el crimen organizado o el terrorismo, con el requisito de una orden emitida por "un poder judicial independiente, genuino, legítimo”. Pero incurren en prácticas ilegales cuando abusan de esos límites y usan los mismos mecanismos, junto a tecnologías eficientes y de muy bajo costo, para vigilar y perseguir a la oposición, activistas de derechos humanos, abogados de determinados casos y periodistas, advierte Trotti.

Además del caso colombiano, los expertos de la SIP y la CPJ destacan el de México, donde periodistas, defensores de derechos humanos, activistas y opositores políticos han denunciado la vigilancia sistemática del Gobierno de Peña Nieto, sus antecesores y posiblemente también del actual de López Obrador, a través del software maligno Pegasus.

Hay, adicionalmente, otros Gobiernos de la región como el de Honduras, Guatemala o Panamá, con equipos y contratos firmados para el acceso a herramientas de vigilancia parecidas, así como otros con intención de sumarse a esta tendencia, añade la coordinadora regional del CPJ, Natalie Southwick. Y ha habido también ataques cibernéticos a periodistas o medios de comunicación, como los ocurridos recientemente en El Salvador contra La Prensa Gráfica y El Diario de Hoy.

El espionaje a los periodistas, advierte el director de la SIP, no solo está dirigido a conocer sus fuentes, sino que tiene como fin último la persecución física: "actuar, en consecuencia, en contra del periodista y de sus fuentes”. Algunos Gobiernos, además, "tratan de hacer saber que están vigilando, para que los periodistas y sus fuentes se sientan más vulnerables”, agrega Trotti en alusión a lo que llama "el juego detrás de la vigilancia”.

Y esto ocurre no solo en países con regímenes autoritarios, como a veces se tiende a pensar, sino también en democracia: "en aquellos países donde hay mayor esfuerzo de los periodistas por investigar, por ejemplo, la corrupción del propio Estado”, dice el experto de la SIP. Se trata, en definitiva, de "imponer la censura y facilitar la autocensura, de funcionar como una herramienta de intimidación y silenciar a los periodistas”, resume la experta de la CPJ.

Así que la lista incluye no solo a la dupla de Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori en Perú; sino también al Gobierno de Cristina Fernández en Argentina. O a un país tan bien considerado por su respeto a la libertad de expresión como Costa Rica, con varios expresidentes condenados por corrupción, y un relativamente reciente escándalo de espionaje al Diario Extra, denunciado por Reporteros sin Fronteras en 2014.

FUENTE: Con información de DW - La Nueva Prensa de Colombia
 

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